Dominique Sanda
Año 4 - N° 13 - Mayo - Junio 2002



sábado, 19 de mayo de 2012
El sueño de actuar en la ópera

Entrevista a Dominique Sanda, antes de Juana de Arco en la hoguera.

Es uno de los iconos más representativos del cine europeo de los '70, que en gran parte estuvo vedado a los argentinos durante el proceso militar. Por su bajo perfil y por su rechazo a las invitaciones de los programas de televisión, muy pocos saben que Dominique Sanda vive en Buenos Aires desde hace algunos años. Nos recibió para hablar de su relación con la Argentina, su carrera y su próximo debut en el Teatro Colón, como protagonista de Juana de Arco en la Hoguera.

-Usted tiene una especial relación con nuestro país, desde hace varios años...
-Vine por primera vez en el '88 y se dio algo muy lindo con la Argentina. Trabajé en dos películas encantadoras, Guerreros y Cautivas, de Edgardo Cozarinsky, y Yo, la peor de todas, de María Luisa Bemberg. En esas ocasiones tuve experiencias maravillosas, como encontrarme con una naturaleza única que jamás había visto, en La Pampa y en Viedma, los escenarios del film de Cozarinsky. También vine a Buenos Aires, una ciudad que me gustó mucho, donde se habla este español italianizado que es como música. Quise aprenderlo y la idea de no volver me causó cierta nostalgia. Pasaron muchos años y regresé para trabajar en una película muy fuerte, Garage Olimpo, de Marco Becchis. Se filmó en el '98 y la experiencia fue dura, pues encarné a la madre de una chica desaparecida durante la represión militar.

-¿En ese momento decidió quedarse aquí?
-Sí, y por amor, porque en esa oportunidad encontré a mi marido, Nicolás Cutzarida. Lo conocí a través de su hermana, con quien nos hicimos amigas en París en el '88. Ella es profesora de idiomas y me enseñó el "porteño" que debí hablar en la película de Becchis. Obviamente me decidí por Buenos Aires, pero siempre con la posibilidad de regresar a Francia, donde tengo a mi familia.

-¿Cómo comenzó su carrera cinematográfica?
-Mis inicios en el cine fueron inesperados, pues yo no me dedicaba a la actuación, hasta la llegada de Robert Bresson. Él me eligió para hacer el papel protagónico en su película Una mujer dulce, inspirada en una novela de Dostoievsky que se rodó en el '68, cuando yo tenía 16 años. Fue mi primera experiencia en el cine y me gustó mucho. Bresson no quería actores profesionales para su film porque consideraba que "recitaban", y, en cambio, estaba en la búsqueda de lo que él llamaba "sus modelos", capaces de vivir el momento en vez de actuar. El suyo era un método de trabajo único, que nunca volví a encontrar, y considero que él fue mi primer maestro... Era un ser humano tan bello, tan espiritual y tan cristiano, en el gran sentido de la palabra. Decía que me había elegido por mi voz y eso me gustó mucho, pues no reparó en mí por mi apariencia sino por eso tan mágico que tenemos los seres humanos, y que refleja los colores que poseemos en nuestro interior. Era como si este hombre me hubiese visto por dentro al escucharme...

-En medio de aquellos inicios tan promisorios ¿por dónde pasaban sus inquietudes?
-Yo era muy chica pero tenía mis ideas, estaba en la búsqueda de cosas profundas, lejos de lo superficial. Todos me miraban por mi exterior, y esto me molestaba y me provocaba timidez. Mucho tuvo que ver mi educación, que fue tan especial y tan distante de la de estas épocas en las que se repara en otro tipo de valores: en mi casa había ciertas cosas de las que no se hablaba, como la belleza física o el dinero.

-¿Qué siguió a esa experiencia decisiva con Bresson?
-Inmediatamente después hice un papel importante en Primer amor, basado en la novela de Turgeniev y con la dirección de Maximilian Schell. Luego, en un momento en el que Bernardo Bertolucci buscaba una actriz para El conformista, vio la película de Bresson y decidió contratarme. Fue el comienzo de mi largo vínculo con Italia y a semejanza de esta relación tan fuerte, nació la que mantengo actualmente con la Argentina. Cuando vine por primera vez me pareció estar en aquel país, la gente me reconocía por la calle, me hablaba con la misma calidez...

-¿Alguna vez vivió en Italia?
-No. Antes de Buenos Aires siempre viví en París, una ciudad maravillosa en la que uno es independiente y puede hacer su vida como quiere, aunque se sienta solo.

-¿Le molesta la soledad? -La soledad a la que me refiero es algo que vivo desde la infancia y no me molesta, pero por la acentuada diferencia con Francia mi relación con Italia siempre fue muy fuerte. En mi país todo es muy formal, frío y distante, y en Italia me recibían bien y me brindaban afecto.

-Además, su carrera en ese país fue muy intensa...
-Sí, el éxito de mi trabajo allí fue increíble, porque luego de Bertolucci llegó Vittorio De Sica, que me dio un papel importantísimo que la gente aún recuerda, en El jardín de los Finzi Contini.

-¿Se llevaba bien con el éxito?
-Me preguntaba si no sería buena gracias a la compañía de los buenos directores. Tener directores maravillosos me dio muchísimo pero, al mismo tiempo, llegué a pensar que sin ellos no era nadie... Pero no es así. Y esta conclusión no fue nada fácil. Además, comencé a sentir que mi actividad me llenaba mucho, que me permitía salir de mí misma y olvidar mis problemas, que gracias a ella podía ponerme adentro de "ese mundo" que a los artistas tanto nos gusta y que necesitamos. Sentía que el trabajo era mi salvación y cada vez que no trabajaba, ciertas cosas me dolían mucho.

Del cine al teatro
-¿Cómo nació su vínculo con el teatro?
-La primera vez que me propusieron hacer teatro era muy joven y no acepté, pues tenía esa "culpa" de no haber realizado un aprendizaje académico. Si una no es dueña de una técnica teatral corre en desventaja con respecto al que la posee, que se puede defender más. Se siente como un pájaro en la tormenta, las cosas le demandan un esfuerzo más grande.Con el tiempo me di cuenta de que la vida y el trabajo me habían enseñado mucho: todo fue como una suma de lecciones, a veces muy duras. Se necesita una gran tarea de búsqueda, todo debe pasar por uno y el trabajo es arduo. Por eso transcurrió tanto tiempo hasta que llegó el momento de hacer teatro.

-¿Y cuándo llegó ese momento?
-Me decidí en el '93. El primer acercamiento fue a partir de la lectura de un libro de Margueritte Yourcenar, para ser grabado en cassettes. Fue muy importante el trabajo con la voz. La autora quería saber cómo era la voz que leería su libro y esta fue una forma de medirme a mí misma, de saber de qué era capaz. La experiencia fue muy buena; luego llegaron otras y comencé a pensar en el teatro. Una tarde de invierno en París fui a una librería y encontré La mujer del mar, de Henrik Ibsen. La obra me fascinó, pero pasó bastante tiempo hasta el momento de hacerla. Mientras tanto no quería frustrar mis deseos y llamé a una directora que quería trabajar conmigo. Nos encontramos y me propuso hacer La señora Klein, una pieza inglesa sobre una psiconalista y la relación con su hija. En el instante de pisar el escenario liberé por completo ese miedo al público, que no era otra cosa que una fabricación de mi mente. Estaba segura de mi presencia en la pantalla, pero me interesaba medir qué pasaría en el teatro y cómo sería el trabajo con mi propia voz, que tantas veces me habían "robado" en el cine (aunque los dobladores hayan sido buenos, sufrí mucho). ¡Al hacer teatro, les guste o no, una está "entera" (risas)!

-Fue un debut revelador...
-Sí, la experiencia me encantó y llegaron otras, una de ellas en Italia, en italiano, con la obra Relaciones peligrosas. Fue complicado porque el director, Mario Monicelli, venía del mundo del cine y para él hacer teatro era algo nuevo. Siguieron quinientas representaciones de Un marido ideal de Oscar Wilde, en el Théâtre Antoine de París. Después trabajé con Bob Wilson, con quien finalmente hice La mujer del mar, pero con la experiencia anterior de representar en el Théâtre du Chatélet una breve pieza teatral muda, escrita por él, que precedía a Oedipus Rex de Stravinsky.

-¿Cómo nació la propuesta de hacer "Juana de Arco en la Hoguera" en el Teatro Colón?
-Desde que vivo en Buenos Aires me he preguntado muchas veces sobre la posibilidad de volver a trabajar. Me han hablado sobre algunos proyectos para cine, pero su concreción hoy resulta sumamente difícil... Cuando Juana de Arco en la Hoguera se representó en el 2000 yo estaba en Francia y al enterarme pensé: "habría sido maravilloso actuar en ella, pero no se les ocurre llamarme porque quizá no saben que vivo en la Argentina...". Pasaron dos años y Emilio Basaldúa me convocó.

-¿Será la primera vez que asuma el personaje?
-Así es. Estoy feliz de interpretar a Juana de Arco en este momento tan complicado para todos. Trabajar en el Colón es una de esas ocasiones especiales que llegan en la vida. Pero, en mi caso, se concreta a la vez mi sueño de actuar en un escenario operístico, pues si yo hubiese podido elegir otra profesión en mi vida, hubiese sido cantante lírica... Intervenir en esta obra que no tengo palabras para definir, escrita en mi propio idioma, para mí es algo extraordinario. Arthur Honegger escribió su música en torno a las palabras que Paul Claudel puso en boca de Juana de Arco, y si se escucha la obra atentamente, colocándose adentro de esa música y esas palabras, se da con el personaje. Todo está allí... Debo trabajar el texto día a día para hacer que las palabras sean mías y se integren a la música. Todos los franceses hemos estudiado a Juana de Arco en la escuela y mi marido muchas veces me habló del personaje que Bernard Shaw concibió para el teatro. Las palabras elegidas por Claudel son muy simples, pues ella era una pastora, una chica de 17 años que cuidaba las ovejas y que llegó a entablar esa relación con la Iglesia... Mientras trabajo con Juana de Arco tengo muy presente mi mundo de la niñez, en el que yo, al igual que cualquier otra niña, soñaba con la vida que tendría por delante. Nunca lo dejé de lado, y todo lo que me pasa es como una fuerte respuesta a lo que digo.

-¿Cómo es trabajar en el Colón?
-Me gusta trabajar en el Teatro Colón, donde conocí a Reinaldo Censabella, un director de orquesta "de película", con toda la buena predisposición y atención, y también debo mencionar a Cecilia Varela, que me está acompañando en los ensayos y encara su labor con gran compromiso. Trabajar en este templo, el teatro más grande de América Latina, es extraordinario.... Finalmente las cosas se dan... En los momentos de más éxito siempre me sentí en peligro, con el temor de no hacer nunca más nada. Pero esto es parte del juego del artista.