La actuación de ciertos artistas en el teatro Colón promueve la reflexión sobre una vieja polémica
¿Cerati y Memphis en el Colón? Una serie de equívocos, prejuicios y paradojas se ponen en acción en cuanto la "otra música" invade el templo del arte "clásico".
Recuerdo que en agosto de 1972, bajo el gobierno de Lanusse, la sala de la calle Libertad cobijó a una serie de artistas populares bajo el lema "Tango y folclore en el Colón". Con tal motivo surgieron sabrosas manifestaciones, algunas de las cuales se transcriben a continuación, en ciertos casos de memoria y sin pretender el rigor de la cita exacta.
La revista "Panorama" -que tenía una marcada orientación progre- publicó una carta (sospecho que inventada) donde una condesa con doble apellido alemán decía algo así como: "las gloriosas felpas que supieron de la presencia de Alvear y la Pacini han sido profanadas por la plebe etc., etc.". Al número siguiente, la publicación se vio desbordada por una avalancha de respuestas, la más benigna de las cuales comenzaba así: "¿Qué se cree esa condesa?".
La misma circunstancia motivó al después conocido escritor Rodolfo Braceli a elogiar el acontecimiento en "Gente" (semanario célebre por vigilar con constancia su adhesión al gobierno de turno). El 28/8/72 el redactor se despacha con esta épica consigna: "El Colón ha sido reconquistado para el pueblo" sosteniendo que el pueblo es el dueño natural del Colón. Que músicos de jerarquía como Salgán, Pugliese o Mercedes Sosa, tienen pleno derecho a presentarse allí pues así se devuelve al pueblo lo que le corresponde. Con cierto arrebato poético agregaba: "Así se consumó la hermosa profanación, el hermoso sacrilegio". La nota abundaba además en ironías. Por ejemplo, se describía que algunos de los músicos convocados -Saravia, Jaime Torres y Falú- se saludaban entre sí llamándose "maestro". Más adelante se indicaba que "Mercedes Sosa no conocía el Colón. A sus pibes tuvo que comprarles ropa ayer para que estuvieran bien presentaditos" (algunas malas lenguas dijeron haber observado -no me consta- que los "gurises" se habrían bajado de un imponente automóvil en la puerta del Colón con sus telúricos atavíos).
Durante un programa de Mirtha Legrand la conductora le preguntó a Atahualpa Yupanqui si le gustaría tocar en el Colón, lo que fue contestado sintéticamente así: -No, si mi música es pa' los ranchos.
Al año siguiente y con la llegada del gobierno peronista, Radio Municipal pasó a ser dirigida por un ex ordenanza, quien formuló una drástica declaración: "La Radio debe dejar de ser patrimonio exclusivo de doscientas familias aristocráticas". Como resultado, la música clásica comenzó a desaparecer de la emisora.
Cuando Fito Páez debutó en el Colón, se plantó frente a sus fans y declaró: -Chicos: atención, que éste es un concierto paquete -y obtuvo de inmediato el previsible rugido de complicidad.
Ya se sabe que el Colón es un teatro unplugged, es decir para empleos puramente acústicos. Esta parece una razón contundente como para que la música amplificada -popular o no- no necesite de dicha sala. Sin embargo los músicos de esa corriente ven con agrado que se les proponga tocar allí.
¿Cuáles son las misteriosas razones por las cuales el recinto, icono de las más rancias tradiciones culturales, sea secretamente anhelado por los que parecen detestarlo?
El Colón es -o por lo menos ha sido- una de las pocas instituciones argentinas respetadas a nivel mundial. La frase callejera "Al Colón, al Colón" es suficientemente significativa. Equivale a una especie de consagración que corona cualquier actividad musical. No obstante resulta una paradoja que el músico "popular" alcance su plenitud en el escenario de la música "clásica", pues parecería admitir tácitamente que esa música popular es, entonces, inferior a la otra.
En parte por su fabulosa acústica, pero en parte también por la significación social que reviste el estar allí, el Colón es un lugar absolutamente distinto a cualquier otro en el país y funciona como una enorme esponja que debe absorber todo aquello que tenga pretensiones de "jerarquía". Sanciona, decreta y promulga el sello de lo mejor. Sin embargo, una amplia mayoría de porteños no ha asistido jamás al Colón, sala que ya en sus orígenes fue pensada como un recinto excluyente. Según una publicación reciente de Margarita Pollini*: "El primer abono a platea costaba mil pesos. Si se considera que el sueldo básico de un obrero era de treinta pesos, se llegará a la conclusión de que un trabajador habría debido sacrificar su sueldo completo de tres años para pagarlo". La fama elitista de la sala, se origina en esta evidencia. Sin embargo, cada gobernante de Cultura o cada nuevo director del teatro considera hoy que su mensaje inicial invariablemente debe manifestar su intención de que el Colón "deje de ser un teatro de elite, un privilegio para pocos". Estas nobles intenciones tropiezan con una obvia y cruel realidad: ningún teatro de ópera del mundo parece que pueda dejar de ser un teatro de elite pues, nos guste o no, es esa misma idea la que sostiene su prestigio. Esta demarcación de territorios se liga en realidad con una concepción muy acendrada: para la cual la música clásica es, simplemente, "mejor" música que otra. Tan arraigada está esta noción que, inclusive, el atreverse a preguntar si ella es verificable o bien se trata de "cosa sabida", suena a herejía. La afirmación es sostenida -y creída sin el menor atisbo de duda por una inmensa franja de la población, incluyendo posiblemente dentro de ella, a muchos que no gustan en absoluto de tales fenómenos y por lo tanto no van nunca al Colón. La creencia es, por otra parte, alimentada por algunos formadores de opinión, comentaristas o críticos, que se expresan en términos de "arte mayor" (¿no será que en realidad se refieren a un "arte para mayores" justificando así las pertinentes sospechas de los rockeros?), las "más altas manifestaciones de la cultura" etc. Las "cumbres" (u otra designación orográfica equivalente) salen a relucir cuando se trata de considerar estos productos. Me pregunto que pasaría si a estos voceros les gustara, por ejemplo, el chamamé. Sospecho que se trata de otra de las tantas manifestaciones impunes del narcisismo, pretendidamente legitimada en la grave y habitual confusión entre el valor y el gusto. Como consecuencia, sobrevive una respetable comunidad de oyentes que se horroriza ante la idea de que se toque música popular en el Colón. Otra vez reaparecen las felpas de la Condesa y acaso, hasta el mismísmo espíritu de Alvear se levantaría de la tumba. (Términos bien rancios como "ultraje" o "profanación" parecen, inclusive, tomados de los argumentos románticos de algunas piezas del repertorio operístico.) El brote de pánico no merecería mayores comentarios si no fuera porque retroalimenta ingenuamente a quienes pretende atacar, en otras palabras crea los anticuerpos en lo que hoy se llama el tejido social. Los enemigos terminan por abrazarse solidariamente en el reconocimiento explícito o velado, de que sí, de que existe una "música superior". Al respecto resulta ilustrativo el editorial de "La Nación" del pasado 3 de abril titulado "Radio Nacional en la buena senda". La nota comienza elogiando que la emisora oficial vuelva a albergar a la música clásica dentro de su programación, afirmación plausible si se considera el abandono que de ella hacen las radios comerciales que por otra parte, debe admitirse, no operan como sociedades de beneficencia. Pero, un poco más allá, el anónimo editorialista se ve asaltado por fundados (?) temores al oprobio: ser considerado bajo el abominable y rutinario anatema de "elitista" y agrega admonitoriamente: "En ningún caso el adjetivo de culta debe ser entendido como trasunto de una renuencia arbitraria a satisfacer las apetencias mayoritarias, sino como la decisión de ofrecer al público creaciones y experiencias enriquecedoras a las que de hecho tienen pocas oportunidades de acceder". Pero luego, el loable reparo que parece colegirse de la frase anterior, queda desvirtuado por lo que sigue: "Es obvio que la recuperación de la emisora como canal de las expresiones más elevadas de la música de ningún modo encubre un intento de menoscabar las manifestaciones de la cultura popular".
Me pregunto qué pasaría si un decreto multara a quienes fomenten la idea de que la música clásica es intrínsecamente "superior" y si en cambio, se dijera sencillamente que ella suele ser más compleja, más extensa y más demandante que otras músicas en relación a su oyente. Que viene precedida por una larga tradición europea basada en la bondad de su artesanía y que, por una compleja cadena de circunstancias, esa bondad se fue perdiendo a medida que desaparecía la práctica concreta de la ejecución doméstica de la música, al ser reemplazada por los conceptos románticos de genio e inspiración. La música clásica podría entonces presentarse a los jóvenes nada más que como una manifestación "diferente" (y al paso que vamos, pronto será la única música trasgresora que nos quede). Y la referencia a los jóvenes parte de una evidencia: es rigurosamente cierto que la música clásica no suele ser gozada por los jóvenes, aunque por supuesto existan excepciones. Esto será fatalmente así mientras se la siga identificando con quienes la usufructúan: los padres, los mayores, en fin, el "caretaje", ante el cual, inevitablemente, todo sujeto se rebelará en su juventud (para acaso, de adulto, ser absorbido por esa industria). Tarea ímproba del padre, docente o crítico, sería en cambio hacerle notar al adolescente rockero que desprecia a Mozart, porque es "música para abuelitos", el sofisma que supone identificar al usuario con el producto. Pues si encuentro mi identidad como sujeto humano cuando empiezo a rebelarme contra lo que Max Nordau llamó "las mentiras convencionales de la Civilización", por ejemplo ejerciendo un saludable rechazo contra el caretaje de los cultores y defensores de "las expresiones más elevadas de la música", no es menos cierto que los productos en sí -es decir las obras clásicas y sus autores- no tienen ninguna culpa de que, por torpe inferencia, ellas deban ser consideradas como "arte careta".
Los comentarios indican que los admiradores de Cerati que hace unos días llenaron el Colón, reaccionaron entusiasmados por el resto del programa, el que incluía obras clásicas tocadas por la Sinfónica Nacional. Si ello fue así -y no una muestra más de las utopías integradoras y políticamente convenientes- ésta sería una razón válida para que el venerado templo sea ultrajado algunas veces y se acepte la contradicción que todo ultraje implica.