Imaginen a una mujer de 76 años que alquila el Carnegie Hall y sube a su escenario con un gran vestido victoriano de satén, caracterizada con dos alas gigantescas, celestiales e imponentes, como "Ángel de la Inspiración". Está por dar un concierto: el concierto de su vida.
Más de dos mil espectadores han quedado sin ubicación. La sala desborda, enloquecida de expectación, y finalmente la mujer canta la primera obra del programa. La voz envejecida tiene afinación inestable y precisión rítmica inexistente, es como una pesadilla febril; puede no estar sucediendo, ser un delirio, un error, pero sucede. El público aúlla de placer y la sala se viene abajo. Se contagia una extraña irrealidad; el tiempo, la conciencia, el gusto y la percepción han sufrido alteraciones. El aire está enrarecido. Una famosa actriz, sofocada de entusiasmo, se histeriza y debe ser retirada de la platea, narcotizada por el atractivo vértigo de lo espantoso.
Un público despersonalizado de excitación, venera el despropósito de una actuación desde todo punto de vista inaceptable, vergonzosa. Como en un tácito pacto de silencio, nadie parece notar el horror, la voz cascada y la errática decrepitud musical.
Cada nuevo y desgarrador desatino vocal es rabiosamente celebrado. El delirio desorganizado ha tomado el poder. Ella luce ahora un traje de pastor y lleva un cayado; la explosión de aplausos anuncia en el público la pérdida total del sentido del honor. La incitan a caer cada vez más bajo, sedientos de ridículo; multitud impía deseosa de más vergüenza.
La mujer finalmente vuelve a transfigurarse y canta "Clavelitos", de Valverde Sanjuán. Envuelta en un mantón español tira al público flores artificiales, pero baila antes un fandango inexistente en la partitura original. El público descarado pide bis y la cantante solicita que le sean devueltas las flores recién arrojadas, para reanudar la celebrada actuación. Desde la platea le tiran los falsos claveles, que caen sobre el escenario del Carnegie como piedras de quienes no han cometido ningún pecado. La segunda vez la actuación es acompañada de palmas y "¡Olés!", en un colectivo fenómeno de locura y descompostura social pocas veces visto hasta el momento en aquella sala.
Esto sucedió un 25 de octubre de 1944, cuando Florence Foster Jenkins accedió, por fin, a dar un paso trascendental en su carrera y ofrecer aquel histórico concierto en el "Carnegie Hall". Su primera y única presentación en la prestigiosa sala colmó las expectativas de sus fanáticos, y toda predicción quedó desbordada, tanto en lo económico como en lo emocional.
Los límites de la crítica erudita fueron superados por lo que preanunciaba un fenómeno que muchísimos años después se pudo conceptualizar como kitsch, cutre, basura, cachirulada, arte marginal, contracultura, o en buen rosarino "éramos tan pobres"... de espíritu, por supuesto.
Florence no bromeaba; queda abierto un interrogante para saber qué hacía, pero lo hacía en serio y de todo corazón. Se comparaba a sí misma con las divas de la época y en su fuero interno se creía muy superior a ellas. Nadie la contradecía. Incluso, la alentaban.
Victoriana, angélica, alada, inocente y expuesta en un ámbito tan contrastante, rozó la obscenidad. Misterioso e interesante fenómeno de complicidad colectiva, caso de lenidad o morbo, este contrafóbico engendro, depositario de todas las burlas, las crueldades, las críticas impiadosas y el histórico escarnio, fue desde entonces el icono de la inconciencia artística, la buena intención sin talento, el empuje ciego del afán de reconocimiento sin principio de realidad.
La mano atroz del sin sentido entronizó la particularidad de Florence en el marco más prestigioso al que cantante alguno pudiera aspirar.
Sólo un mes después de aquél histórico concierto, Florence dejó este mundo para siempre. Su contraste impuesto sobre el orden establecido y la diversión dudosa inspirada en una subnormalidad sostenida sólo con dinero, apenas ensombreció, con la gloria alquilada, la imperturbable respetabilidad aurífica del Carnegie Hall.
Sobre aquél Carnegie nadie duda. Sobre aquella sociedad caben muchas preguntas, tantas como sobre Florence Foster Jenkins.
Sesenta años después, el 31 de enero de 2004, muere de un paro cardíaco, a los 47 años de edad, el reciente director artístico del Carnegie Hall, Robert Harth, que inauguró una nueva era musical a partir de su nombramiento en septiembre de 2001, con la construcción de una nueva sala a un costo de 72 millones de dólares, debajo del auditorio principal del Hall, para la cual preparó una programación ecléctica que incluía música clásica, jazz y rock. Según el propio director, el programa tenía como objetivo atraer a un público más amplio del que asiste habitualmente a los conciertos del Carnegie.
Florence inventó una gloria comprada y se incrustó por la fuerza en el ámbito infranqueable de aquel insobornable prestigio lírico.
El mundo es testigo de la disolución de las fronteras estéticas la "fosterjenkinización" es un baluarte apreciado. Se inventan términos para legalizar y categorizar lo impresentable y al viejo escándalo de la compra-venta del espacio cultural se le llama revalorización. "Recalcitrante" ha pasado a ser un neologismo que significa poder de comparación con el pasado mediante la memoria ordenada. Pero aún no ha desaparecido del idioma la palabra "profanación".
Las salas antiguas tienen su carácter, su espíritu, su destino, su voluntad. Sus tristezas, sus odios, sus resentimientos, sus deseos. Pueden sobrevivir milagrosamente a las más espeluznantes manifestaciones del mal gusto, el maltrato, la suciedad, el ruido, el desprecio, la moda y el olvido. Pueden ser destruidas, deprimidas, demolidas, violadas, subempleadas, subestimadas, ignoradas, cerradas, fundidas. Pueden enfermarse de tristeza, de humedad, de goteras y morir. Pero siempre se vengan sin piedad.