Con el anunciado estreno de Ubu Rey, el Teatro Colón dará a conocer en la Argentina la última ópera del gran compositor polaco, cuya visita se encuentra anunciada. Cómo ha sido la trayectoria de este músico que de ser un enfant terrible de la vanguardia ha pasado a emplear lenguajes más tradicionales y a dedicarse a la dirección de orquesta.No siempre se repara con la debida justicia en que Polonia ha sido una de las naciones que más han aportado a la música del siglo pasado. Baste con mencionar a Karol Szymanoski (1882-1937) y a Witold Lutoslawski (1913-1994) para dar cuenta de lo afirmado, a los que se suma el más importante compositor vivo de ese país: Krzysztof Penderecki.
Nacido en Debica el 23 de noviembre de 1933, Penderecki pasó de ser una de las grandes esperanzas de la música contemporánea, capaz de sumar a las técnicas seriales una estética que dio en denominarse “neoexpresionista”, a convertirse en una suerte de “traidor” a partir de los 70, ante lo que muchos de sus colegas consideraron una transigencia con lenguajes superados, junto a una incursión en la dirección orquestal no siempre exitosa.
Penderecki visitó nuestro país en tres oportunidades, siempre gracias a los buenos oficios del Mozarteum Argentino: en 1989 lo hizo al frente de la Orquesta NDR de Hamburgo, y luego en 1994 y 1997 como director de la Sinfonia Varsovia. Como se aprecia, se lo conoció en una etapa tardía de su carrera, y la recepción por parte de la crítica a menudo relativizó sus méritos como director y añoró la originalidad de sus obras más tempranas ante las primeras audiciones que prodigó al público local.
Penderecki se formó en Cracovia tras la cortina de hierro, la que sólo le permitió una apertura a Occidente a partir de mediados de 1950. Como es natural en una nación tan castigada como la suya, ha profesado la religión católica que, en su contexto, representaba algo más que una creencia religiosa. Este aspecto, sumado a la oposición que siempre ha manifestado frente a la música concreta y electroacústica, en ascenso durante sus años de formación, le deparó ventajas y desventajas. Entre las primeras se cuentan el éxito inmediato de obras de fuerte intencionalidad humanista, como el
Treno por las víctimas de Hiroshima (1960), o la restauración de la música sacra que ha sostenido durante toda su carrera, desde el
Dies Irae (1952), pasando por la cima alcanzada en
La Pasión según San Lucas (1965) hasta llegar al
Magnificat (1974), el
Te Deum (1979) o el
Requiem polaco (1984). Con subtítulos en canónico latín, Penderecki ha sostenido esta tendencia hasta la actualidad, como lo prueba el estreno de
Las siete puertas de Jerusalén, encargada por esta ciudad para celebrar su entrada al tercer milenio.
Entre las desventajas del camino emprendido, se cuentan la marginación que Penderecki se impuso frente a escenarios de vanguardia como los representados por el serialismo integral de Pierre Boulez, o los experimentos electroacústicos de Karlheinz Stockhausen. Así y todo, el músico polaco no ha permanecido ajeno a estas tendencias, y al menos su propia formación y su breve catálogo de música para cinta electromagnética así lo atestigua. En el campo instrumental, Penderecki compuso cinco sinfonías entre 1973 y 1992, y dos sinfoniettas de carácter más ligero, una de las cuales ha dado a conocer en nuestro país con su
Sinfonia Varsovia. La estrecha relación con solistas que estrenan sus obras, como Anne-Sophie Mutter y Mstislav Rostropovich, así como en sus inicios el respaldo de Herbert von Karajan, son algunos de los puntales que han ayudado a sostener una extensa trayectoria compositiva.
La produccion LIRICAEn el campo operístico, Polonia cuenta con uno de los títulos más importantes del siglo XX:
Rey Roger, de Szymanowski, estrenada en el Colón en 1981. El aporte de Penderecki al género ha encontrado su mayor éxito en la primera de sus óperas:
Los demonios de Loudun, de 1969, que nunca se ha ofrecido en la Argentina. Si bien el estreno de esta obra lírica de Penderecki aparecía como el más necesario, la gestión Senanes se inclinó por
Ubu Rey, una ópera bufa que adquirió forma definitiva hacia 1990. Entre
Los demonios y ésta, Penderecki se abocó al género en dos ocasiones más: con
Paraíso Perdido (1978), titulada “
sacra rappresentazione”, obra de gran originalidad que incluye actores y hasta una compañía de ballet, y
La máscara negra (1986), basada en una pieza de Gerhardt Hauptmann.
Ubu Rey está basada en la mítica obra de Alfred Jarry, precursora del teatro del absurdo que en el siglo XX tendría como principales exponentes a Samuel Beckett y a Eugene Ionesco (véase columna). La primera concepción de esta pieza se conoció en Rennes en 1888 bajo el título de
Los polacos, e incluía marionetas y sombras chinescas. Su estreno en París se produjo el 10 de diciembre de 1896, y fue el comienzo de una secuencia de obras del mismo autor, entre las que se cuentan
Ubu cornudo y
Ubu encadenado. La lectura del texto, breve por cierto, puede resultar irritante frente a la entidad que el absurdo asumió en la pluma de los referentes mencionados, y por los ripios que necesariamente debe enfrentar la traducción ante palabras y frases escritas en el idioma imaginario con que Jarry hace hablar a sus personajes, comenzando por los mismos Padre y Madre Ubu.
La ópera
Ubu Rey es un viejo proyecto de Penderecki desde fines de los años 60. Su plasmación en la década de los 90 como ópera bufa en dos actos reposa en el libreto elaborado por el mismo compositor en colaboración con Jerzy Jarocki. Necesita 27 voces solistas, entre ellas una mezzosoprano de coloratura para Madre Ubu, un tenor heroico para Padre Ubu, varias sopranos y bajos e inclusive dos bajos bufos para Bordure y el Rey Wenzel, además de un recitante. La orquesta requiere 76 músicos con maderas a cuatro, e incluye celesta, dos trompetas ubicadas en la sala y un ensamble de maderas y metales a dos en el escenario.
El estreno de
Ubu Rey tuvo lugar el 6 de julio de 1991 en la Opera Estatal de Baviera, Munich, bajo la dirección de Michael Boder y puesta en escena del célebre August Everding. A lo largo de sus dos horas de duración, Ubu reproduce las disparatadas aventuras bélicas de un rey que quiere devastar todo con tal de acaparar poder, aunque el nivel de absurdo es tal que la pieza apenas puede considerarse una sátira contra las dictaduras, sino más bien un retrato surrealista anticipatorio de una época como la nuestra, en la que hasta la política y la misma guerra han quedado empequeñecidas por la falta de sentido de la historia y la inexistencia de alianzas basadas en otros fundamentos que no sean intereses circunstanciales y hasta azarosos.
De cumplir con lo oportunamente anunciado,
Ubu Rey subirá a escena en el Teatro Colón a partir del 3 de agosto, en función de Gran Abono y en calidad de estreno sudamericano, bajo la dirección musical de Jacek Kaspszyk, habiéndose anunciado la visita del compositor. Las restantes funciones tendrán lugar los días 6 de agosto (Abono Nocturno Tradicional), 7 (Abono Especial), 8 (Abono Vespertino) y 10 de agosto (Abono Nocturno Nuevo). | D. V. C.