Orquesta Filarmónica de Berlín
Año 2 - N° 3 - Mayo - Junio 2000



sábado, 19 de mayo de 2012
De cómo la Filarmónica de Berlín tardó en venir a la Argentina

El debut en Buenos Aires de la agrupación sinfónica más prestigiosa de Europa.

El mes pasado la señal de cable Film and Arts difundió el video de un concierto al aire libre titulado "Noche latinoamericana". Las imágenes mostraban las diversas filas de una orquesta que, no sólo con asombroso virtuosismo sino también con impecable sentido del estilo, desbrozaban los compases de La cumparsita y luego de El choclo, en los reconocibles arreglos de José Carli. Dirigía desde el piano, aunque paradójicamente con mucha menos fortuna estilística, el argentino Daniel Barenboim, quien al finalizar el concierto se despidió del público con esta reflexión: "Ustedes se preguntarán cómo estos músicos que ni siquiera conocen Buenos Aires pueden tocar tan bien el tango argentino. La respuesta es simple: porque antes aprendieron el Berliner Luft." Tras lo cual, la orquesta se larga a tocar la tradicional marcha de Paul Lincke mientras el director toma sin más sus partituras y su batuta y se aleja con gesto de suficiencia, dejando a sus músicos en piloto automático.

La responsable de esta Lateinamerikanische Nacht es, como acaso el lector habrá podido adivinar, la Orquesta Filarmónica de Berlín. Y más allá del valor -o disvalor- del crossover, vale la pena disfrutar de este primer gesto de acercamiento musical por parte de una agrupación que hasta ahora ha estado ausente de la Argentina y que se hermana en esto a la otra gran orquesta que hará su debut local este año: la Sinfónica de Chicago. Es por ello que las visitas de ambas agrupaciones representan no sólo los hitos máximos de esta temporada, sino también una suerte de merecido desquite para la vida musical argentina, debido a que las razones que motivaron esas ausencias no han sido precisamente halagüeñas.

Es sabido que quien ocupara el podio de la orquesta de Chicago por casi un cuarto de siglo -el húngaro de ascendencia judía Georg Solti- abrigó siempre la idea, junto con algunos prominentes miembros de sus huestes, de que la Argentina era un país filonazi. Idea que, si bien hoy día podría
considerarse exagerada, resultaría bien aplicada en relación al régimen que gobernó la Argentina en la década inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Y el concepto/prejuicio de Solti/Chicago se enlaza curiosamente a la razón por la cual la Argentina hubo de esperar hasta el año 2000 para poder apreciar en vivo a la Filarmónica de Berlín.

1949 fue el año en que visitaron nuestro país dos figuras fundamentales del mundo musical que nunca más regresarían: Maria Callas y Herbert von Karajan. De la primera, que protagonizó entonces una Turandot en cuyo coro de niños debutaba el maestro Mario Perusso, se conocen cartas en las que clamaba por abandonar rápidamente esta ciudad gris y húmeda llena de fascistas. En cuanto al segundo, las cosas resultan naturalmente algo distintas, ya que se trataba de una personalidad muy afín con la imagen del Übermensch germano, sin que esto implique pronunciarse sobre su ocultada, discutida y finalmente probada afiliación al partido nacionalsocialista antes de la Segunda Guerra Mundial. Entre el 20 de abril y el 8 de mayo de 1949 Herbert von Karajan dirigió ocho conciertos en el Teatro Colón al frente de su Orquesta Estable, con un repertorio simplemente impresionante que incluía desde los tradicionales Brahms, Beethoven, Mozart, Schumann, Tchaikovsky, Wagner, Debussy y Richard Strauss, hasta perlas como la Fantasía sobre un tema de Tallis, de Vaughan Williams, o La noche del argentino Carlos Suffern. Por si esto fuera poco, Karajan dirigió en ese mismo lapso dos conciertos con obras de la familia Strauss en el Gran Rex, al frente de la entonces llamada Sinfónica de la Ciudad de Buenos Aires, la actual Filarmónica. Pero el director salzburgués, a quien seguramente no le afectó que en la Argentina vivieran varios exiliados del Tercer Reich, sufrió en cambio la más lacerante Blitzkrieg de la crítica musical adversa. Le molestó en particular el bombarbeo del influyente Jorge D'Urbano, así como de otros que denostaron, entre otras facetas, su arbitraria elección de tempi. Curiosamente una de las intepretaciones más criticadas fue la de la Sinfonía "Del nuevo mundo", la misma que incluye Abbado para su segundo programa. Claro que a esta orquesta nunca se la pudo criticar aquí, pero la molestia de quien fuera su amo y señor desde 1954 hasta su muerte en 1989, se incrementó porque su solitaria visita a nuestro país fue puntualmente flanqueada en 1948 y 1950 por sendas escapadas de Wilhelm Furtwängler, de quien lo separaba una singular enemistad, y a quien, sin embargo, la crítica argentina trató siempre con especial deferencia.

Que la Orquesta Filarmónica de Berlín haya esperado desde entonces medio siglo para venir por el solo capricho de su director titular, no es sólo una derivación razonada de lo antedicho. Durante esos cincuenta años fueron muchos los que quisieron concretar la hazaña sin éxito. Así lo intentó la presidenta de una institución musical líder de nuestro medio que en cambio pudo traer en cinco ocasiones a la Filarmónica de Viena, pero que, a la hora de contratar a las filas berlinesas, se topó sistemáticamente con la negativa de su director. Lo mismo le sucedió a un importante agente musical de nuestro medio, que en 1969 gestionó en la misma ciudad de Berlín el máximo acercamiento con los directivos de la orquesta, finalmente frustrado por la negativa impenitente del director austríaco.

Pero a partir de 1989 las cosas cambiaron. Si la orquesta no pudo venir desde entonces, obedeció a razones de disponiblidad y a sus elevadas exigencias económicas, y ya no, a diferencia de los casos de Solti o de Karajan, a la negativa de su titular. Claudio Abbado, quien apenas fenecido Karajan tuvo que competir con Maazel y Barenboim, entre otros, para llegar a ese anhelado puesto, es un refinado italiano del norte de conocida militancia comunista, que en mejores épocas (políticamente hablando) conformó con sus compatriotas Maurizio Pollini y Lugi Nono una especie frente de izquierda en la vida musical europea. Que Abbado haya accedido con estos antecedentes al podio berlinés sigue indicando que en Europa hay suficiente civilización como para valorar un artista por sus méritos artísticos, y Abbado se hallaba sin duda en la década de 1980 en la cumbre de sus logros musicales, entre otros motivos y una vez más curiosamente, por sus trabajos al frente de la Sinfónica de Chicago, celosamente capturados en el disco.

La diveregencia entre el carácter conservador de la Filarmónica de Berlín y la actitud abierta y didáctica del director milanés, no pareció afectar el resultado musical producto de este curioso matrimonio. Un profesionalismo que, sin duda, encontró su propio límite en la decisión de Claudio Abbado de alejarse de la orquesta el año próximo. Decisión insólita desde el punto de vista de la historia de esta agrupación fundada en 1882, acostumbrada a verdaderos papados: el de Arturt Nikisch, desde 1895 hasta 1922, el de Furtwängler desde 1922, con la interrupción de la guerra, hasta 1954, y el de Von Karajan desde 1954 hasta 1989. El conservadorismo de la Filarmónica de Berlín no sólo está consolidado por el carácter casi vitalicio de sus directores titulares y artísticos, sino por su propia idiosincrasia. Baste como muestra que, en 1982, el mismo Karajan casi se vio obligado a romper lanzas con la orquesta por haber ésta rechazado el ingreso de la clarinetista Sabine Meyer, por el solo hecho de ser mujer.

Pero esta característica también tiene su costado positivo, ya que determina que la orquesta pueda trabajar durante períodos prolongados con un director y modelar un sonido que crece y madura con los años. Fue también ese conservadorismo el que permitió a los filarmónicos abroquelarse en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial en el destartado cine Titania Palast de Berlín, sobrevivir a la hecatombe, resucitar de la mano de Sergiu Celibidache y luego volver a convocar nuevamente a Furtwängler casi como si nada hubiera pasado.

Alguien que puede hablar largamente de los frutos de ese conservadorismo es Leon Spierer, el alemán que fuera desde 1963 y durante treinta años violín concertino de la Filarmónica de Berlín. Su testimonio resulta entrañable porque Spierer se crió en la Argentina y también se formó musicalmente aquí bajo la égida de Ljerko Spiller. También resulta interesante porque trabajó durante casi toda la era Karajan y en los tres primeros años de la era Abbado. "De Abbado tengo el mejor de los recuerdos -comenta-. Tiende a la sonoridad de una orquesta de cámara, lo cual no es nada negativo. Karajan en cambio apuntaba a un sonido de pantalla panorámica. Abbado es mucho menos autoritario, aunque muchos colegas míos que mientras estaba Karajan lo detestaban, ahora parecen añorarlo." Que un violinista alemán haya llegado al puesto de concertino de Berlín tras haberse formado íntegramente en la Argentina no es poca cosa. Mucho menos lo es, en tren de analogías, que durante muchos años fuera concertino de la Sinfónica de Chicago el directamente argentino Rubén D'Artagnan González. Ni tampoco que el porteño Daniel Barenboim haya sido nombrado en 1991 sucesor de Solti al frente de Chicago y que, pese a su elección por Abbado dos años antes, siga siendo uno de los más asiduos directores invitados de la Filarmónica de Berlín.

Lo cierto es que, cuando el 18 de mayo, dentro del ciclo 2000 de la Asociación Wagneriana, Claudio Abbado baje su batuta con el primer compás de la Novena de Mahler, la discusión se habrá acabado y las anécdotas sucumbirán al poder del música. Lo mismo cuando, un día después, nos ofrezca La valse de Ravel, los dos primeros Nocturnos de Debussy y la Sinfonía "Del nuevo mundo" de Dvorák. Poco importará si fuera de programa nos regala un arreglo de Piazzolla, el Berliner Luft o la Obertura de Los maestros cantores de Nürenberg: a esa altura ya se habrá saldado una deuda histórica y nuestras almas tendrán un retazo más de felicidad para atesorar.