Teatro Colón Entrevistamos a Marcelo Lombardero y Oscar Araiz
Año 7 - N° 30 - Septiembre - Octubre 2005



sábado, 19 de mayo de 2012
“No soy ni quiero ser director general”

Entrevistamos a Marcelo Lombardero, cantante y régisseur que tiene en sus manos el destino artístico del primer coliseo.

El pujante barítono y régisseur deja bien en claro que su responsabilidad es artística, quedando en manos de Leandro Iglesias la responsabilidad política y económica del manejo de la sala. Confirma a Stefan Lano como Director Musical y a Guillermo Brizzio como Director de Estudios. Defiende las funciones extraordinarias y el incremento de la producción, descree de la dicotomía entre artistas nacionales y extranjeros y justifica un criterio puramente artístico para las contrataciones. Su objetivo es mejorar el nivel de los cuerpos estables para ofrecer espectáculos de calidad.

Para Marcelo Lombardero (foto), el Teatro Colón es su casa. Mientras desando el pasillo con tortuosos desniveles que lleva hasta su “oficina-camarín”, me va guiando el sonido de un pianista de jazz. Entro y el cantante está saliendo de la ducha, mientras aclara: “Es Thelonious Monk”. Comparto su entusiasmo, aunque la música deba ceder al silencio de fondo que necesita el grabador del periodista, ávido de palabras. Preguntamos a Lombardero por qué ha elegido ese espacio, ubicado en el otro extremo del corredor donde está la oficina del director general. Lo explica metafóricamente: “Es que aquel escritorio me trae malos recuerdos, porque allí le cambié un par de veces los pañales a mi hermano. No porque tenga malos recuerdos de mi hermano… ¡pero sí de cambiarle los pañales!”
— Cuando se anunció tu designación, el secretario de cultura aclaró que no se fraccionaba la dirección del teatro, sino que se planteaba un trabajo en equipo. ¿Cómo funciona esta modalidad?
— Hay una responsabilidad política y económica que la ejerce el administrador y director general del teatro, que es Leandro Iglesias. Es un director general a cargo, en realidad todos estamos “a cargo”. Sobre mí recae la responsabilidad de la coordinación artística total; virtualmente es una Dirección Artística. Yo no creo en los títulos, sino en la revalidación de las funciones a través del trabajo.
— No es una conducción colegiada.
— En realidad nunca se habló de un organismo colegiado, sino de una estructura democrática. A veces cuando se habla de democracia se piensa en la anarquía, pero aquí hay responsables de área, que responden a una cabeza institucional y a otra artística, que soy yo.
— Lo que sucede es que los “directores generales y artísticos” se ocupaban primordialmente de la ópera. Los cuerpos estables siempre tuvieron sus directores.
— La idea es consensuar la presentación de los proyectos y discutir la grilla del año, que es un espacio abierto. Para esto trabajamos entre la Coordinación Artística y la Dirección de Estudios, que actualmente está pasando por una transición ordenada entre Reinaldo Censabella y Guillermo Brizzio, que tomará las riendas cuando Censabella asuma en La Plata. He trabajado mucho con Brizzio en la Ópera de Cámara y creo que es la persona indicada para ocupar ese cargo. Además hay una noticia importante: como director musical se ha conseguido la aceptación de Stefan Lano.
— ¿Es director musical del teatro o de la Orquesta Estable?
— Del teatro concebido como sala de ópera, pero no de la Orquesta Filarmónica, que es la orquesta de la Ciudad que funciona en el teatro. La función de Lano será preparar y dirigir la Orquesta Estable, tanto en ópera como en conciertos.
— ¿No se convocarán directores distintos para cada título?
— Sí, pero Lano tendrá un porcentaje importante de títulos en la temporada. Es lo que hacen los directores musicales en la mayoría de los teatros.
— ¿Cuanto tiempo se quedará en Buenos Aires?
— Alrededor de seis meses al año.

Futuro con reformas
— Volviendo a la grilla de programación, ¿cómo será el año próximo?
— En realidad, el teatro tiene mil problemas que solucionar antes de hablar del futuro y de la “maravilla” que vamos a hacer. El año próximo tenemos una obra edilicia y técnica, con alguna intervención en el escenario, de la que no estoy en condiciones de anticipar detalles porque no son de mi competencia. La temporada se reducirá proporcionalmente al tiempo de cierre, que se dará en la segunda mitad del año, para lo cual estamos avanzando en la obtención de escenarios alternativos.
— El año pasado la Secretaría de Cultura señaló en una gacetilla oficial que contaba con tres salas, pero llamativamente no decía cuáles…
— El problema es que no hay salas alternativas reales. Lo único que estoy en condiciones de anticipar es que no será el Teatro Avenida, que ya tiene su perfil y sus compañías que trabajan muy bien allí. Por otro lado la capacidad de su foso no permite ubicar a una orquesta como la Estable. Se resolverá con teatros tanto oficiales como privados.
— ¿Se mantiene en la grilla la misma proporción de funciones para cada área?
— Básicamente sí, aunque en el caso de la ópera habrá más funciones por cada título, de carácter extraordinario.
— ¿La integración de los elencos apunta a mantener el retorno a la internacionalización o se piensa trabajar más con artistas locales?
— No creo que los artistas sean mejores o peores por portación de pasaporte. Uno tiene que ser consciente de que el Colón es un teatro internacional. Lo que no tengamos lo vamos a traer de afuera en las condiciones que el teatro pueda ofrecer, y lo muy bueno que tenemos lo vamos a utilizar.
— ¿En paridad de condiciones entre un cantante nacional y uno extranjero se optaría por uno nacional?
— No quiero entrar en esta dicotomía, estamos hablando de artistas, no me interesa la nacionalidad como un criterio de calidad. Este año tuvimos un doble elenco de Barbero cuando aquí tenemos profesionales de sobra para hacer esta obra, y esto me pareció absurdo, dado que algunos de los contratados estuvieron por debajo del nivel que el Teatro Colón necesita. Este tipo de cosas no las voy a aceptar de ninguna manera, por motivos artísticos y económicos.
— Entonces, es preferible un nacional…
— Insisto en que no quiero hablar de nacionalidad. Artistas como Víctor Torres, Virginia Tola, Cecilia Díaz, Adriana Mastrángelo, Carlos Duarte, Luis Gaeta o miles que podría seguir nombrando, no tienen nada que envidiar a artistas con apellidos que terminan en T. Haber nacido en este país no tiene que ser una maldición.
— ¿Qué tipo de repertorio considerás que no se puede hacer con cantantes de aquí?
— No hablaría de repertorios, sino de papeles. En un título wagneriano aquí tenemos gente idónea para hacer algunos personajes y otros no. Por ejemplo, no tenemos un Sigfrido. Estamos tratando de conseguir los mejores artistas posibles para cada ópera. Si nació en Berazategui o en Kuala Lumpur, es una cuestión tangencial.

El debate institucional
— ¿Cómo va a ser el panorama presupuestario para el año próximo?
— Yo espero contar con el mismo nivel presupuestario que el Teatro tuvo este año. Todavía no está en discusión el presupuesto 2006… Creo que tenemos que tener un presupuesto ordenado y no pensar faraónicamente. En los últimos tiempos se gastó superfluamente en estructura y en contrataciones absurdas. Yo he bajado algunos contratos como el de un Ping, cuando aquí hay excelentes profesionales para cubrir ese rol, porque más allá del valor del cachet, cuando uno trae personas de afuera, tiene que cubrir pasajes, alojamiento, viáticos, etcétera. En ese caso no era un papel central. Por ejemplo no tenemos una cantante para Turandot, y ahí si hay que gastar, pero no en un Ping…
— El Secretario de Cultura comentó que iba a iniciar un proceso de debate acerca de la forma institucional que el teatro debería adoptar. ¿Este proceso te involucra?
— No he hablado nada al respecto. Creo que ese nivel de discusión es interesante, pero es un tema para especialistas.
— ¿Cuál es de todas maneras tu concepto del teatro?
— Creo que un teatro no es un edificio, sino lo que se realiza en él y la gente que lo hace. Podemos tener un edificio horrible con buenos espectáculos o un edificio muy bonito vacío. Lo que me compete es tratar de abrir el teatro a la comunidad sin olvidar al público tradicional, y la única manera de lograr esto es haciendo buenos espectáculos. Hoy día sigue siendo engorroso lograr que la gente venga al teatro: no sabe qué se tiene que poner, si es para una secta de iniciados o para cualquier persona…
— ¿No pensás que en los últimos años se avanzó bastante en esto?
— Para nada. La gente no sabe ni cómo sacar entradas, empezando porque las buenas están todas vendidas. El público tiene que venir al teatro espontáneamente y sacar la entrada que desea, aunque no sea abonado. Hasta el cierre de 1988 el teatro funcionaba con 12 títulos al año y muchas funciones extraordinarias. Hay que volver a eso.
— ¿Habrá temporada de verano?
— Sí, pero no en el teatro, porque estará en obra durante ese período. Será en salas alternativas con conciertos, ópera de cámara y ballet.
— ¿Habrá coproducciones?
— Estamos cerrando un acuerdo con Santiago de Chile, que consiste en coproducir tres títulos a razón de uno por año hasta el 2008. Cada uno hará un título completo y el otro pagará la mitad. Hay posibilidades de ampliar este acuerdo con Río de Janeiro. Por su parte hay un proyecto de Un ballo in maschera que involucraría varios teatros latinoamericanos, como San Pablo, Manaos, Caracas y México. También estamos tratando de que el teatro salga de gira en 2007, cuando estemos cerrados. La Ópera de Santiago de Chile nos vendría a visitar en 2008, pero la Staatsoper de Berlín, no. El Colón no tiene el dinero y además a mí me parece incorrecto que nuestro teatro se quede dos meses sin funcionar porque viene esta compañía. Le pregunté a Barenboim qué le parecía si en un aniversario de la Staatsoper se contrataba a la Scala y él me respondió que no lo aceptaría, y entonces entendió la recíproca perfectamente. Para ese año vamos a intentar hacer un Moisés y Aaron de producción nacional.
— ¿Cuál va a ser el lugar de la Ópera de Cámara?
— Tendrá la inserción que se merece y por la que estuve luchando todos estos años en los que nos quisieron poner la tapa y nunca pudieron. Ahora va a funcionar con una estructura dentro del teatro y con funciones en la sala principal. La última dirección nos quería hacer “crecer” sin presupuesto y sin teatro.

De los dos lados
— ¿Cuáles son las ventajas y las desventajas de ser trabajador del teatro y al mismo tiempo autoridad?
— En principio yo soy el mismo tipo que hace un mes. Hay gente que cambia con la función pública; yo me siento un artista y un trabajador de esta sala al que hoy le toca conducir sus destinos artísticos.La ventaja es que conozco este teatro como la palma de mi mano, estoy aquí casi desde que nací y esa misma razón es una desventaja, porque hay una cotidianeidad y un trato que en algunos casos genera confusión. Muchos no saben si soy el cantante, el régisseur o el director artístico.
— Pero has decidido mantener tus trabajos de régie.
— Yo vivo de mi profesión, lo aclaré antes de asumir. Cantar y dirigir es mi vida y lo que yo sé hacer. Si la función pública me lo impide, prefiero seguir haciendo mi vida. Además fui elegido no por mi capacidad como funcionario sino por mis condiciones artísticas. No creo que tenga la obligación de dejar de trabajar. Si yo me retiraba de El rey Kandaules, el título se caía, porque asumí a quince días de comenzar los ensayos. Tampoco puedo eludir mis compromisos anteriores, no sólo el de Buenos Aires Lírica para noviembre, sino los que tengo para el año próximo en el exterior.
— ¿Qué balance te gustaría sacar cuando termines tu gestión?
— Me gustaría dejar el teatro funcionando, abierto a la comunidad, con los cuerpos artísticos en el mejor nivel posible. Hay tres facetas en un teatro de ópera que son determinantes: su orquesta, su coro y su cuerpo técnico. Con ellos en su mejor forma se puede hacer un buen espectáculo. Más allá de los problemas económicos y endémicos de este teatro, estoy convencido de que si somos mejores artísticamente, podemos lograr una mejor remuneración, y no al revés.
— ¿No tenés miedo de quedar atrapado en el aspecto burocrático?
— No soy ni quiero ser director general. Mi función es la de director artístico. No creo que un director tenga que comprar papel higiénico y bombitas y además elegir cantantes. Aquí existió esta figura y esto se explica por los egos y los personalismos. Yo tengo que hacer la mejor ópera posible y lograr que el público venga al teatro, y otro tiene que administrar de la mejor manera posible y tener el manejo institucional hacia adentro y hacia fuera. Nadie puede hacer sólo todo eso.