2005 es un año de celebración para los cuerpos estables del Teatro Colón. En el caso del Ballet, tras recordarse la brillante historia de la que fuera la primera compañía oficial de América, se abre una necesaria instancia de reflexión sobre su estado actual. Los nombres y figuras que aparecieron en el video de homenaje al Ballet Estable del Colón sembraron emocionadas lágrimas en muchos de los asistentes a la gala del 18 de septiembre. Los grandes de la danza se habían reunido allí, en pocos minutos y desde la nada, para revivir los momentos de gloria de la compañía, mirar a los ojos a las generaciones actuales y plantearles qué han hecho con toda esa descomunal herencia, forjada con el esfuerzo de maestros, bailarines, coreógrafos y directores.
Sin duda, ese acervo histórico es motivo suficiente para el homenaje y la celebración; el Ballet del Colón ha sido, durante años, la primera compañía de Sudamérica, a la cual llegaban coreógrafos de todo el mundo para montar sus obras más importantes y se encontraban con un elenco de primeras figuras totalmente aptas para encarar los papeles más disímiles. Esas figuras fueron luego maestros de nuevas camadas, transmitiendo las indicaciones de técnica y estilo recibidas de primera mano de autores como Nijinska, Fokin, Massine, Lifar, Lichine, Wallmann, Balanchine, Tudor, Dollar, Skibine, Carter y tantos otros. Dentro de la compañía esas obras eran conservadas como verdaderas joyas, y a la vez, no se descuidaba en absoluto la creación local, desde aquéllas
Escenas infantiles de 1925, con música de Cayetano Troiani y coreografía de Georges Kyakscht, y el
Cuadro campestre de Gaito, llevado a la danza por Bronislava Nijinska, primeros esbozos que precedieron a
La flor del irupé (1929) también de Gaito con coreografía de Boris Romanov, considerado el primer ballet nacional.
Con el correr de los años el nivel y el prestigio del Ballet del Colón fue manteniéndose e incrementándose, hasta llegar a épocas no muy lejanas (décadas del 70, 80 y 90), donde pudimos disfrutar de un cuerpo de baile capaz de afrontar obras maravillosas como
Cascanueces de Rudolf Nureyev,
La sylphide de Lacotte sobre Taglioni,
Romeo y Julieta de Kenneth MacMillan,
Onegin de John Cranko o
La fille mal gardée de Frederick Ashton.
HABLA JULIO BOCCA “Volvería (al Colón), si puedo hacer
Manon (MacMillan). Vino una repositora de Londres, pero no aceptó porque el Ballet Estable no está en el nivel para
Manon... Uno trabaja en esto por el arte, por amor, no por el horario o por si hay agua caliente o no. Yo hice así mi carrera. Las cosas que suceden me dan tristeza. Semejante talento, semejante compañía con años de historia y te preguntás cómo se cayó todo esto. No hay explicación.”
Las declaraciones de Julio Bocca (La Nación, domingo 9 de octubre de 2005), a las que hay que darle crédito, por razones obvias, dejan pensando sobre qué es realmente lo que hay para festejar en estos 80 años del Ballet Estable del Colón. Inmersa en la gran crisis que afecta al Teatro en general, a esta altura de su vida la compañía también tiene que resolver la maraña de problemas internos que la sumergen en el aislamiento y en la falta de crecimiento. Por un lado la estabilidad es una condición deseada y real para parte de la compañía, pero el doble filo está dado, entre otras cosas, por los excesos que conlleva un supuesto “cumplimiento reglamentario”, que la mayoría de las veces deriva en la arbitrariedad, lo cual influye negativamente en el trabajo artístico. Esto ha desembocado en consecuencias insólitas que han dejado al Ballet muy mal parado, incluso internacionalmente, como la sorpresiva suspensión por confusos motivos gremiales de las funciones que debían llevarse a cabo en el Teatro Solís de Montevideo, como parte de una temporada especial planeada por ese teatro y donde uno de los platos fuertes era la presentación de la compañía argentina.
Se tacha poco menos que de abominable el sistema de contratos anuales, pero sin ir más lejos y dentro de la propia administración municipal, el Ballet Contemporáneo del San Martín se maneja íntegramente con este sistema, logrando un innegable nivel de excelencia artística, donde todos sus integrantes son solistas, con numerosas funciones anuales y estrenos de coreógrafos nacionales e internacionales. Se podrá esgrimir la falta de cobertura social en este caso (aportes, obra social, etc.), pero ¿cuántos trabajadores autónomos del país (empezando por todos los artistas independientes, profesionales, comerciantes, etc.) militan obligatoriamente en este régimen, debiendo hacerse cargo de estos ítems? Por otra parte, en el Ballet del Colón coexisten varias generaciones con problemas endémicos en cada grupo: bailarines con una trayectoria completa que tienen su mente puesta sólo en el momento de su jubilación, y otros muy jóvenes que en su mayoría se sienten conformes con el hecho de bailar en la primera compañía del país y olvidan el perfeccionamiento diario. Los dos extremos se unen en el resultado: falta de entrenamiento estricto, parejo, exigente, a fin de obtener una escuela estilística homogénea.
Y allí reside el punto clave que el elenco debe superar: el desgano y el desgaste artístico. Esto pudo verse en las funciones de octubre:
Conservatorio de August Bournonville, la obra repuesta por Gustavo Mollajoli que abrió el programa, requiere de una férrea formación académica que sólo algunos elementos pudieron aportar. No es posible aceptar en una compañía de primer nivel el vacilante descenso de la mayoría de las filas femeninas en un grand plié en quinta posición sin la ayuda de la barra, o el deslucido trabajo de brazos y cabezas, o la falta de pulcritud en las caídas y los cierres de los saltos, o los desprolijos pas de bourées. Son profesionales, que deben ganarse cada día el derecho de pisar el escenario del Colón y de pertenecer a la única compañía argentina que puede ofrecer dignamente los ballets del repertorio clásico a la vez que encarar nuevas propuestas, y eso sólo se logra con el esfuerzo diario, no con la mera obtención de un contrato o la estabilidad. Las individualidades, que las hay y muy notables, no alcanzan a la hora de evaluar a la compañía en conjunto. Por eso, la desaprobación de la repositora de
Manon, lejos de provocar el repudio o el desdén, debe servir para la autocrítica del cuerpo y para rever cómo mejorar de aquí en más la calidad técnica y artística de cada uno de nuestros bailarines, mediante una férrea disciplina que deje las plazas de la compañía sólo en manos de los mejores. Sin esos pilares, cualquier reclamo laboral, económico o social será vano, y este es un criterio que la nueva conducción artística, tanto del Ballet como del Teatro, parece compartir plenamente.
Memoria y presente del Ballet del Teatro Colón (1925-2005)Bajo ese título, la Comisión Honoraria de Homenaje por los 80 años de los Cuerpos Estables del Teatro Colón, presidida por Cristina Fernández de Kirchner, publicó una edición de 5000 ejemplares de un libro que reúne historia, testimonios, anécdotas y fotografías que van recorriendo la vida del ballet de nuestro teatro.
Dividida en distintos capítulos, la compilación comienza con Historia, a cargo de Enrique Honorio Destaville. Prosigue con Protagonistas, donde Carlos Manso, Eduardo Giorello y Néstor Tirri recuerdan a bailarines y coreógrafos que integraron la compañía: María Ruanova, Antonio Truyol, Olga Ferri, Irina Borovska, Esmeralda Agoglia y Oscar Araiz. No podía faltar la mención a la tragedia aérea de 1971 en la que murió un grupo de bailarines del Ballet Estable, a cargo de Camilo Sánchez. En la última sección, Testimonios, Michael Uthoff, ex director del Ballet Estable, cuenta sus impresiones sobre artistas extranjeros que visitaron el Teatro Colón, y Ana Massone se refiere al semillero de la compañía: el Instituto Superior de Arte. Las ilustraciones, entre las que se cuenta numeroso material de archivo de inmenso valor histórico, acompañan profusamente los textos de las doscientas páginas de esta utilísima publicación, que además cuenta con traducción al inglés.