Idealizada al extremo y al mismo tiempo utilizada comercialmente, la figura de Mozart parece resistir los embates de la moda, las adulaciones absolutas y la falta de discriminación de su enorme obra. Hoy más que nunca es necesaria una revalorización que ubique al autor junto a sus contemporáneos, y a su producción, hoy depurada por el historicismo, en la época y el lugar que la Historia les asigna.En el final de una novela de Paul Auster –
La música del azar– los dos protagonistas, mientras van por la ruta, escuchan en la radio de su automóvil un cuarteto de cuerdas y no pueden diferenciar si es de Haydn o de Mozart. La duda les da pábulo a una interesante reflexión sobre el destino y –por qué no– sobre el azar del genio humano.
Mozart no vivió una época de individualidades: esto quedaría reservado al siglo que él no llegaría a ver por culpa de su muerte precoz. A fines del Setecientos el sujeto romántico estaba terminando de formarse, pero todavía quedaba mucho de esa malla horizontal que en el extenso Barroco hizo de la música un quehacer de artesanos. Algo similar nos pasa hoy a nosotros: todavía somos en gran medida sujetos románticos, porque los residuos nunca nos abandonan del todo, y en su lucha por la supervivencia suelen ser más fuertes que cualquier nuevo emergente. Y allí y entonces, Mozart. Un hombre con rasgos propios muy propensos a los claroscuros de un Romanticismo que no vivió, pero también un hombre de su tiempo, un tiempo en que la uniformidad reinaba y la técnica de la homofonía acompañada generaba millares de exponentes iguales e indiferenciables.
“Mozart es terapéutico”, afirman cada tanto los suplementos de salud de diarios y revistas en todo el mundo. Pero entonces también lo son Haydn, Gluck, Salieri, Dussek, Hummel y Reicha, entre cientos más, autores todos cuyas obras resultan muy difíciles de distinguir de muchas de las del músico de Salzburgo.
Rostros cambiantes¿Fue Mozart el ídolo de los románticos? Cuesta creerlo, con la imagen rectora y primigenia de Beethoven como inexorable telón de fondo. Cuando a Rossini –autor clásico en la jungla decimonónica– se le preguntó quién era el primer compositor, respondió sin dudar: “Beethoven.” ¿Y Mozart?, preguntó el inquieto interlocutor. “Ah, Mozart es único”, replicó, con picardía peninsular.
Los románticos amaban la efigie romántica de Mozart; una imagen embriagada del pathos que signó sus elongadas interpretaciones hasta que el historicismo comenzó a echar luz sobre el verdadero estilo –más que sobre los instrumentos– del siglo XVIII. Si pensamos que Tchaikovsky tenía como su ángel a Mozart y lo tomó como modelo para su ultra romántica
Serenata para cuerdas, ¡no cabe duda de que Mozart no era entonces tan Mozart como hoy! Se habló antes de las oleadas residuales que van formando, grano a grano, las playas en que nos toca exponernos al mundo. Y así, con la defunción del romanticismo sellada y lacrada por la Segunda Escuela de Viena, Beethoven siguió siendo, hasta bastante entrado el siglo XX, el compositor considerado más importante. Así lo consideraban todos los grandes directores de la era discográfica: Toscanini, Furtwängler, Karajan con sus cuatro ciclos integrales, el mismo Erich Kleiber. Paralelamente se descubría a Vivaldi, también con ropajes demasiado anchos para sus pequeños y ágiles vástagos, y las señoras siguieron suspirando con Chopin cuando el piano todavía reinaba en cada casa de buen pasar, y la familia Strauss remitía a una belle époque perdida pero no tan distante. ¿Y Mozart?
De algún modo, Mozart siempre estuvo, y éste es un mérito imbatible. Pero otra cosa es la moda Mozart. No es difícil aventurar que ésta comenzó a principios de la década de 1980, con la aparición de los grupos de instrumentos originales que vieron en el salzburgués a uno de los autores más plausibles de renovación interpretativa, y más vendible en la flamante era del compact disc, ese que volvería obsoletos de un día para otro los ya viejos vinilos de Los solistas de Zagreb. Quien hoy escuche, por caso, la integral de los Conciertos para piano por Malcolm Bilson en fortepiano, acompañado por las huestes de John Eliot Gardiner, difícilmente dude del acierto, tanto artístico como comercial. Fue la era de oro de los festivales Mostly Mozart, en el Lincoln Center, la misma que culminó con la Mozart Complete Edition de Philips, en 1991, a 200 años de la muerte del prodigio, una aventura que hoy el mercado no permite renovar, aunque se cumplan 250 años de su más auspicioso nacimiento.
El personajeEn el medio, se dieron esos fenómenos que marcan épocas, y que no conviene subestimar. El film
Amadeus, de Milos Forman, sobre la igualmente célebre obra de Peter Schaeffer, fue el punto de no retorno de esa fiebre que hoy parece, algo menguada, continuar. La hasta entonces casi ignota
Sinfonía No. 25 en Sol menor, interpretada por la Academy of Saint-Martin-in-the-Fields, fue la mefistofélica cortina que muchos adolescentes silbaban a la salida del cine –recuerdo todavía el Opera repleto– y que dio renovado marco a la puja del malvado y mediocre Salieri con el convenientemente frívolo y obsceno Mozart, capaz de reírse de manera idiota en las circunstancias menos esperables, o tirarse pedos antes de sentarse al pianoforte. El cine hizo lo suyo y Mozart quedó sacralizado por su rentabilidad en un mercado discográfico todavía virgen. Ahora estamos pasando por la era de las hipérboles o las afirmaciones absolutas –Mozart, el mejor; Mozart, el más grande–, esas expresiones que se aplicarán a decenas de otros artistas o deportistas cuando llegue la ocasión, y que nada, absolutamente nada tienen que ver con el arte, reino de los matices y las relatividades, dominio de los contrastes y las contradicciones, incompatible con cualquier ranking o rating de circunstancia.
Hoy por hoy sabemos que Mozart es tan grande que ninguna moda podrá perjudicarlo. Ninguna
Mozartkugel, remera o blue jean de los que pululan en su nombre podrá quitarle su sitial de clásico, aunque clásico no signifique imperecedero, porque nada humano lo es, sino simplemente capaz de resignificarse en el tiempo (aunque éste es un tema que excedería estas líneas).
Una visión renovadaSin embargo, es justamente esta moda, hoy –aunque no lo parezca– en su línea declinante, la que exige una revalorización de Mozart. Y toda revalorización exige previamente una valoración adecuada, y toda valoración por lo menos información y conocimiento previos. ¿Cuánta obra de Mozart es realmente conocida e interpretada? Poca, porque acaso sólo un diez por ciento de sus 626 partituras catalogadas realmente alcance la jerarquía y la individualidad que la distingue de la artesanía propia de su época. ¿Y no habrá llegado la hora de valorar a esos compañeros de ruta de Mozart, los que lo hicieron posible, los que compartieron sus herramientas creativas? Quizás para descubrir que, si bien Haydn nunca compuso una Sinfonía como la “
Júpiter”, su corpus sinfónico in totum probablemente sea más interesante que el de Mozart. Quizás para descubrir que la pureza de su maestro Johann Christian Bach es más auténtica y eficaz que la de esas obras tempranas de Mozart que quieren romper sus rígidos corsés rococós. Y también para saber que muchas obras aisladas de la producción mozartiana no tendrían mayor valor que las de muchos de sus contemporáneos si cierta musicología no las hubiera erigido en “precursoras de” aquellas grandes cumbres del autor de
Don Giovanni.
Mario Videla, con su genial propuesta de un festival Mozart & Salieri que se desarrollará este año (ver recuadro) está señalando un camino inteligente: Mozart es su época, es también sus contemporáneos, porque no hay talento en soledad, no hay arte sin artesanía y sin los preceptos que imponen las coordenadas de tiempo y espacio que nos toca vivir.
¿Y el genio? Una palabra misteriosa, por cierto, y proclive a los equívocos y a las ensoñaciones idealistas. Los dos personajes de Auster, proyectando las últimas escenas de su propia road movie, parecen saber que en el genio hay química y en la química hay azar, pero que de azar está hecha, quizás, nuestra desconcertante humanidad.
El Año Mozart en Buenos AiresTeatro ColónDiversas instituciones musicales rendirán su homenaje a Mozart este año. El Teatro Colón ofrecerá
Così fan tutte, de la “Trilogía Da Ponte”, en una producción del Teatro Municipal de Santiago de Chile. La Orquesta Estable será dirigida por Rodolfo Fischer, la régie ha sido confiada a Michael Hampe, aunque trabajará en su reposición Carola Lang. El reparte incluirá a Virginia Tola y Carla Filipcic Holm (Fiordiligi), Adriana Mastrángelo y Mariana Rewerski (Dorabella), Graciela Oddone y Virginia Savastano (Despina), Raúl Giménez y Carlos Ullán (Ferrando),Hernán Iturralde (Guglielmo), Víctor Torres y Omar Carrión (Guglielmo), Hernán Iturralde (Don Alfonso). Habrá funciones los días 30 de mayo, 2, 3, 4 7 y 9 de junio. En el ciclo de abono de la Filarmónica de Buenos Aires, se anunciaron la siguientes obras de Mozart:
Concierto en La mayor para clarinete y orquesta, K. 622 (9/3);
Sinfonía Nº 25 en Sol menor, K. 183 (27/4);
Concierto Nº 1 en Sol mayor para flauta y orquesta, K. 313 (11/5);
Concierto en Si bemol mayor para fagot y orquesta, K. 191; obertura de
Don Giovanni y
Sinfonía Nº 38 en Re mayor, K. 504, “Praga” (8/6); obertura de
El empresario, K. 486, Concierto en Do mayor para oboe y orquesta, K. 314, Sinfonía Nº 28 en Do mayor, K. 200 y
Sinfonía Nº 41 en Do mayor, K. 551, “Júpiter” (15/6); y
Concierto Nº 2 en Mi bemol mayor para corno y orquesta, K. 417 (28/9).
Buenos Aires LíricaBuenos Aires Lírica repondrá, en el Teatro Avenida, su exitosa producción de
La clemenza di Tito, con régie de Marcelo Lombardero, repuesta por Rita Cosentino, dirección orquestal de Luis Gorelik, y un reparto formado por Virginia Correa Dupuy (Vitellia), Carlos Ullán (Tito), Adriana Mastrángelo (Sesto), Ana Laura Menéndez (Servilia), Vanesa Mautner (Annio) y Alejandro Meerapfel (Publio). Habrá funciones los días 15, 17, 21 y 23 de septiembre.
Juventus LyricaPor su parte, Juventus Lyrica cerrará su temporada a partir del 3 de noviembre con La
flauta mágica, con puesta en escena de Horacio Pigozzi y dirección musical de Antonio Maria Russo.
Nuova HarmoniaNuova Harmonia dedicará a Mozart su concierto del 17 de agosto, donde actuará como solista el pianista Horacio Lavandera interpretando
9 variaciones en re mayor sobre el minué de Duport K. 573, la
Sonata N° 12 en fa mayor K. 332 y el
Concierto para piano y orquesta N° 23 en la mayor K. 488, junto a integrantes de la Orquesta Sinfónica Nacional. Dentro del mismo ciclo, también tocarán obras de Mozart en sus programas la Camerata Bariloche (Obertura de la ópera
Così fan tutte, 8 de mayo, Teatro Colón), I Solisti di Pavia (
Divertimento para cuerdas en fa mayor K. 138, 26 de mayo, Teatro Coliseo) y el Cuarteto Cremona (
Quinteto para cuerdas N° 3 en sol menor K. 516, 29 de junio, Teatro Coliseo).
Mozarteum ArgentinoEl Mozarteum Argentino presentará en las funciones del 28 y 30 de agosto, al Coro Bach de Mainz junto a la Orquesta Renania Palatinado, bajo la dirección de Ralf Otto, en un programa que incluye la
Misa en do menor “La grande”, y la versión de Mozart de
El Mesías, de Händel.
Festivales MusicalesUn atractivo especial constituye la programación de Festivales Musicales de Buenos Aires, dedicada al rescate de las obras de Antonio Salieri como interesante contrapunto para el repertorio mozartiano. Las composiciones propuestas por la institución son el
Concierto para piano Nº 18 K.456 (10/4, solista Carmen Piazzini),
Variaciones sobre un Tema de Salieri K.180 y
Fantasía y Sonata en Do menor K.475-457 (3/5, solista Horacio Lavandera),
Concierto para flauta K.313, Sinfonía concertante K.364,Sinfonía Nº 29 en La mayor K.201 (22/5, Virtuosi di Praga),
Requiem K.626 (14/6, Camerata Bariloche y Coro Orfeón de Buenos Aires, dirigidos por Michel Corboz),
Concierto para flauta y arpa K.299, «Exsultate, jubilate» K.165 (24/7, mismos intérpretes que el concierto anterior, dirigidos por Uwe Christian Harrer, con la soprano Soledad de la Rosa),
Divertimento K.136, Cuarteto para flauta y cuerdas K.285 (1°/8, Ensemble Florilegium), la obra completa para órgano (3/10, solista Mario Videla junto al Estudio Coral de Buenos Aires, dirigido por Carlos López Puccio), finalizando con la ópera
La flauta mágica en coproducción con Juventus Lyrica.