250º años del nacimiento de Mozart
Año 8 - N° 32 - Marzo - Abril 2006



sábado, 19 de mayo de 2012
Un santo de nuestra época sin "no creyentes" en el mundo

Más reflexiones sobre Mozart.

“El más prodigioso genio lo ha elevado por encima de todos los maestros en todas las artes y en todos los siglos”.
Richard Wagner

De las paredes de la habitación de un joven llamado Krainer, impedido de ser músico por su enfermedad física y mental, cuelgan retratos de compositores famosos. A la altura de la cabeza de cada uno de ellos colocó inscripciones en letras rojas, que expresan sus pensamientos acerca de estas seis u ocho celebridades. La enumeración comienza por Mozart y la inscripción dice “¡Muy grande!”. Esto pertenece al terreno de la ficción y lo imaginó el austríaco Thomas Bernhard en su novela Trastorno (Verstörung, 1967). Haciendo una paráfrasis de un conocido pensamiento de Blaise Pascal, Philippe Sollers opinó que “Mozart es una esfera cuya circunferencia está en todos lados y el centro en ninguno”. El razonamiento de este señor nos lleva al terreno de la ironía y pensamos en la ocurrencia del ingenioso repostero que creó las Mozartkugeln, pequeñas esferas de chocolate que se fabrican en la ciudad de Mozart y que están en todo el mundo.
Wolfgang Amadeus Mozart, de quien el próximo 27 de enero se cumplieron los 250 años del nacimiento, ha dado lugar a una plétora de ideas, especulaciones y discusiones que no se agotan. Desde una industria que no descarta la gastronomía, los ringtones de los teléfonos celulares o el nombre de un modelo de una afamada marca de lapiceras –el “fenómeno industrial” dio lugar a la idea planteada por Sollers–, hasta la profundidad de las dos palabras debidas a la pluma de Bernhard, cuyos significados pueden ser muchos. Sólo son ejemplos, pero hay algo que no da lugar a dudas: la devoción por Mozart es incondicional, tanto para el lego como para el erudito, tanto para el más cándido como para el más atormentado. Si “Amadeus” amó a Dios, la humanidad lo ama a él.
Como es ampliamente sabido, Mozart sorprendió al mundo en sus primeros años a través de un aspecto superficial, fenoménico: su precocidad musical. De adulto, superado el difícil estadio del prodigio, donde es fácil trastabillar, no superar esa condición efímera y sufrir el olvido del mundo, siguió sorprendiendo a los amantes de la música, en la suya y en todas las épocas. La gente se maravilla con la cantidad de obras –más de seiscientas– escritas en tan pocos años de vida. En esencia nada de esto debería sorprender: niños prodigio siempre han existido, de todas las calidades imaginables; por otra parte, aún en los tiempos de Mozart, quien elegía la carrera de compositor debía escribir sin tregua y dominar todos los géneros de composición del momento. Si profundizamos, nos encontraremos con que dos de las cosas que más nos maravillan en él son, como se expresa líneas arriba, el haber superado la precocidad que suele devorar a tantos niños notables, y, en segundo lugar, la elevadísima y pareja calidad de todo lo que compuso; existirán las preferencias, pero estos rasgos son indiscutibles. Con las formas musicales preexistentes escribió maravillas que, vistas desde el presente, eclipsan a la producción de sus contemporáneos. En el terreno de la ópera, imaginar sin sus aportes la evolución del género a lo largo del siglo XIX resulta imposible.
La música de Mozart puede ser transparente, extrovertida, o de una densidad que sondea los estados anímicos más angustiosos. Los contrastes producidos por el empleo de la tonalidad mayor y de la tonalidad menor, son comparables a los vaivenes del alma humana, y, ¿por qué no?, a los humores de la naturaleza; su manejo de este, entre tantos recursos, nos deja sin palabras. En apariencia su música puede sonar sencilla, accesible a todos los oyentes, pero tanto intérpretes como musicólogos se sorprenden y hallan nuevas cosas dentro de su lenguaje complejo, críptico, en el que lo más mínimo tiene su razón de ser. Para ilustrar esto, cedámosle la palabra al compositor: “Estos conciertos [para piano y orquesta] son un término medio entre muy fáciles y muy difíciles... Hay pasajes aquí y allá de los que solamente los conocedores obtendrán satisfacción; pero estos pasajes están escritos de modo que los menos conocedores no dejarán de quedar complacidos, aunque sin saber porqué...”
El creador se mueve por un impulso originado en una necesidad tan íntima, que constituye un misterio indescifrable. La obra de un artista puede encontrar mayor o menor eco en los receptores y no es difícil pensar que la creación mozartiana es, en el universo musical, la que más hondo ha llegado a la sensibilidad de los oyentes de todas las épocas. Quizá, ninguna obra haya provocado un placer estético de tal magnitud como la de Mozart.
El siglo romántico idealizó al salzburgués, al punto de retratarlo y esculpirlo bajo formas apolíneas que distaban mucho del modelo original. Alguien escribió que esta beatificación de Mozart obedeció al deseo de recuperar un ilusorio paraíso perdido, representado por el compositor, en una época muy convulsionada por guerras e invasiones. La historia de la humanidad lleva el estigma de la destrucción, los métodos y técnicas más perversas se perfeccionan con el correr del tiempo y no es casual que, hacia las últimas décadas del siglo XX, el amor por Mozart haya cobrado un impulso sin precedentes, más allá de que para muchos represente sólo un negocio. Mozart es el santo de la era moderna que no necesita canonización: él santifica a quienes aman su arte y los eleva a su altura. El hombre está a mitad de camino entre la perversidad y lo sublime, es la bestia que se debate entre los dos opuestos. El de Mozart es uno de esos raros casos que nos dejan vislumbrar que la humanidad puede encontrar la vía de acceso hacia su propia grandeza; algún día la bestia se agotará y un hombre espiritualmente superado dejará la contienda entre los dos extremos. Orgullo del género humano, Mozart nos permite guardar la esperanza de que llegar a este estadio es posible.