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antabile asistió a una extensa exposición a cargo del arquitecto Alvaro Arrese, Director General de Infraestructura del Ministerio de Cultura de la Ciudad. Cómo se están restaurando la sala y las fachadas, y en qué consistirá la reforma escenotécnica del Teatro Colón, son algunas de las incógnitas que han quedado despejadas en esta charla. Las posibles conclusiones que pueden extraerse y la posición de diversos actores vinculados al Teatro complementan este reporte actualizado sobre el tema.Hablar del Masterplan (
) nos lleva a tomar como punto de partida, a fin de comenzar a despejar las brumas de la polémica desatada a su respecto, algunas cuestiones evidentes.
La primera es la necesidad imperiosa de que la sala de la calle Libertad fuera intervenida, entendiendo por esto la restauración no sólo del edificio histórico, sino también –y principalmente- de la ampliación de casi 20.000 metros cuadrados concluida a comienzos de la década de 1970. Esta comprende los sucesivos subsuelos donde funcionan dependencias administrativas, talleres, salas de ensayos, pero también camarines y otros sectores aun dentro del mismo edificio histórico, producto de la obra firmada por el arquitecto Mario Roberto Alvarez.
Quien haya tenido la posibilidad de recorrer íntegro el teatro, habrá advertido que el nivel de degradación de la obra “nueva” supera con creces al del edificio inaugurado en 1908. No es infrecuente que los visitantes se espanten ante la suciedad, los colores desvaídos, las “venecitas” faltantes, los techos armados con sus varillas destartaladas, las conexiones eléctricas irregulares, los charcos, las puertas reviradas y el ubicuo y desagradable olor que reina en las catacumbas del templo de la música. Este contexto merece describirse de manera descarnada al solo efecto de mostrar que la necesidad de una restauración de todas las dependencias del teatro es uno de los hechos evidentes que no merece ser discutido.
El segundo hecho evidente es que la noticia del préstamo de 27 millones de dólares del Banco Interamericano de Desarrollo fue dada a conocer a comienzos de 1997, por el entonces director administrativo del teatro en la gestión de Kive Staiff, el Licenciado Carlos M. Elia. Se vuelve así notorio que haber dejado pasar diez años para poner en marcha una obra, sin perjuicio de la necesidad de una etapa previa de estudios y relevamientos, constituye un lapso demasiado extenso como para no suponer una subejecución o al menos de una desidia que sólo pareció paliarse con la inminencia del centenario del teatro o el riesgo de pérdida del empréstito. De esto se sigue otra verdad evidente: que ante tanta demora, el 25 de mayo de 2008 quizás el Colón se abra para volver a cerrarse, porque la obra no estará completa.
Finalmente, el último hecho evidente es que, al menos en una etapa inicial de obras, el Masterplan ha tenido problemas serios de comunicación de su propuesta, tanto con los medios como con el público, y sólo a partir de la reacción del personal del teatro y de algunas fuerzas vivas se ha optado por organizar algunas visitas y reuniones que, aunque restringidas a invitados, han comenzado a encargarse de rendir cuentas de lo que se hace con la cosa pública, otro deber tan obvio como inexistente en este país de funcionarios inaccesibles.
Cantabile asistió durante el mes de abril a una de estas charlas, a cargo del arquitecto Alvaro Arrese, actual Director General de Infraestructura del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad, quien a lo largo de casi tres horas contestó preguntas e ilustró su disertación con el infaltable powerpoint. De esta información oficial, amplia y gentilmente proporcionada por el Masterplan, este cronista extrajo los datos y las conclusiones que se desarrollarán en las siguientes líneas.
El estado de las cosasAlgunos de los hechos evidentes señalados más arriba le sirvieron al arquitecto Arrese como puntos de partida de su exposición. Señaló que su primer acercamiento fue en el año 2000, cuando se topó con dos dificultades fundamentales: en primer término, un vacío documental (los planos originales del edificio no eran conforme a lo construido, mientras que la intervención de Alvarez no tenía final de obra), lo que implicó volver a documentar el edificio y sus instalaciones. En segundo término, el deterioro general sumado a problemas estructurales, como vigas en subsuelos apuntaladas con madera, filtraciones, problemas en las cañerías de agua caliente, montacargas bajo el agua, entre otros aspectos urgentes que fueron solucionados entre 2001 y 2006, con las dificultades de trabajar a teatro abierto.
Arrese destacó en todo momento que se recurrió a los mejores especialistas de cada área en esta etapa inicial, tanto en restauración como en acústica, y enfatizó las dificultades de haber atravesado la crisis de 2002, durante la cual era casi imposible contratar empresas que se hicieran cargo de los trabajos, debido a la imprevisibilidad de los costos. Aspectos todos, naturalmente, que dan cuenta de la demora posterior al 2002, pero no de la producida durante el lustro anterior, signado, como se sabe, por un profunda inestabilidad institucional del Teatro Colón.
En el haber, además de los trabajos urgentes, el Masterplan computa el reemplazo de la cubierta metálica, la reparación de la viga cortafuego visible desde afuera (que todavía espera ser recubierta con símil piedra París) y de las terrazas, la consolidación de estructuras vencidas por claraboyas tapadas con losas de hormigón durante las obras de los 70, la restauración de los vitrales y de los tragaluces (a los que se dotó de vidrios laminados y cuyas cajas fueron pintadas de blanco para acentuar la luminosidad). “Esta última obra –señala Arrese- fue muy significativa porque hasta ese momento se habían hecho cosas que no se veían, y era necesario dar una señal de que se estaba trabajando.”
También cabe apuntar que el único sector artístico habilitado hoy día en el Teatro es el Centro de Experimentación, que ha visto remozada su sala y dotada de una indispensable parrilla de luces (antes se apelaba al alquiler para cada espectáculo) sin perder su estética subterránea tan tentadora y contrastante con los brillos del foyer que le sirve de techo. Un aspecto sin duda positivo, al igual que los nuevos baños accesibles para el público desde el Paseo de Carruajes.
La restauración de las fachadasEl tema de la intervención en las fachadas se ha convertido en uno de los más discutidos en los últimos tiempos. Justo es reconocer que el contraste con otras obras que han avanzado a paso mucho más rápido y con excelentes resultados (el Palacio de Tribunales, las estaciones Constitución y Retiro-Mitre y Belgrano, y otras fuera de la Ciudad, como la Catedral de Luján) generan una comparación poco feliz. Si bien la empresa que se encuentra restaurando las fachadas del edificio de Talcahuano 550 es la misma que la que resultó adjudicataria de idéntica obra en el Colón (la Constructora San José), la constante catarata de agua y la lentitud de los trabajos sobre la fachada Sur, que da a la calle Tucumán - la más castigada del teatro-, parecen no respetar la contraindicación formulada por el Instituto del Restauro de Roma, allá por el año 2001, que desaconsejó el hidrolavado en un estudio bien pagado y luego archivado.
Según Arrese, “nosotros también desaconsejamos ese método. Por eso el utilizado es una técnica mixta consistente en nebulizaciones y microabrasiones, según el daño a revertir.” Si alguien objeta el color más bien grisáceo de los copones que dejan verse por encima de los andamios desde la esquina de Tucumán y Libertad, Arrese explica que “habían sido revocados, como otros ornamentos de la fachada, durante la intervención de Alvarez, porque la idea era pintar el Teatro; inclusive se encontraron vestigios de hasta dos capas de pintura. Pero los vamos a recubrir con símil piedra, un material que, pese a estar fuera de mercado, puede fabricarse estudiando cuidadosamente las dosis de arena y otros componentes.”
Otro aspecto de la refacción de la fachada consiste en la consolidación de relieves u ornamentos, que se encontraban adheridos a la pared de ladrillo mediante grampas metálicas a las que el paso del tiempo había oxidado. “Con frecuencia encontramos piezas que estaban sostenidas apenas por un centímetro. Nosotros reemplazamos esas grampas por otras de acero más profundas para evitar todo riesgo de desprendimiento.”
No es clara, en la información oficial, la diferencia entre hidrolavado y “nebulización”; tampoco si la “microabrasión” implica pérdida irreparable de muro histórico; llama la atención, eso sí, el exceso de agua que parece poco conveniente para una pared muy atacada por la humedad, con sectores de ladrillos y aun estructura de hierro a la vista de cualquier transeúnte, y precisamente en la fachada en la que prácticamente no da el sol y se encuentra encerrada por una calle estrecha con intenso tránsito y hasta paradas de colectivos, lo que genera, sumado al tránsito de la Avenida 9 de Julio, una contaminación sonora que, como confirmó Arrese, es superior a la existente en la futura Ciudad de la Música, a construirse en la ex Usina de la Italo.
La intervención en la salaActualmente, la sala principal del Teatro Colón, que no pudo visitarse, está siendo objeto de la renovación total de su tapicería. Para esto se ha descolgado el telón de boca, que se encuentra desplegado sobre el escenario, removido las butacas y los tapizados de los palcos. “Por suerte, lo peor que tiene la sala es suciedad”, destaca el arquitecto, confirmando la impresión general de que lo mejor conservado en el Colón es su corazón más conocido y atesorado. “Los medios de salida están al milímetro”, expresa, lo que anticipa que se rehabilitarán todas las bocas de emergencia, durante tanto tiempo obstruidas en su gran mayoría, como las existentes a los costados del foso. Nada se dijo, en cambio, acerca de la obstrucción de la mayoría de las puertas perimetrales del Teatro, vitales para una estampida de emergencia, y desde hace mucho bloqueadas por precarias, tortuosas y desparejas oficinas que incluyen las de las diversas direcciones y el Archivo Musical.
Siguiendo con la refacción de la sala, para Arrese, el piso del teatro es una obra maestra en su técnica constructiva, y sólo se levantará para eliminar conexiones eléctricas peligrosas y limpiar los conductos de ventilación, a menudo utilizados como depósitos. En cuanto a los textiles, Arrese es contundente: “Todas las personas que hemos consultado, de primer nivel, no nos garantizaban que restaurando el telón éste pudiera ser utilizable más allá de diez años, teniendo en cuenta que es una pieza de una tonelada y media que debe moverse de seis a ocho veces por día. El deterioro de la tela es irreversible.”
El telón será, pues, reemplazado, así como el tapizado de butacas y gran parte de las telas de los palcos. “Las nuevas telas tendrán que tener la misma textura y densidad que las existentes; si no, no las pagaremos”, afirma Arrese, contundente. “Cada vez que retiramos un elemento de la sala, hacemos una medición acústica de alta precisión. Tenemos los registros de cómo va impactando la ausencia de cada pieza, de modo tal que, cuando las vayamos instalando nuevamente, las mediciones deben dar exactamente iguales.” Debe tenerse en cuenta que los reemplazos serán por material ignífugo, aunque esto no signifique sintético. “Las fibras vegetales son combustibles, pero no las animales, como la lana”, señala el responsable de infraestructura, para quien el reemplazo está plenamente justificado por durabilidad y seguridad.
En cuanto a los dibujos, “contrariamente a lo que se piensa, el bordado del telón es más fácil de reproducir que el de los palcos, dado que, en el primer caso, a veces los adornos se encuentran adheridos con hilvanes largos, teniendo en cuenta que están pensados para verse de lejos. En los palcos, en cambio, se combina bordado a máquina y manual, con hilos de plata y cobre. En el telón hemos encontrado técnicas de adhesión muy especiales, como por ejemplo cuero de cordero pintado a la acuarela fijado con bilis de buey, pero también arreglos con marcador (!).
En cuanto a la pintura que remata el escenario (tromp l´oeil) y otros ornamentos sobre muros, balcones, herraduras, etcétera, sólo serán objeto de una limpieza integral.
La reforma escenotécnicaLa parte más polémica del Masterplan y sobre la que menos se ha informado gira en torno de la reforma escenotécnica. Hasta no hace mucho, especialmente durante la gestión de Capobianco, se especuló con la posibilidad de derribar muros de la caja del escenario para realizar intervenciones que encerraban un alto riesgo para la acústica de la sala y la preservación de las dimensiones históricas de su palco escénico. Afortunadamente, Arrese es claro al afirmar que todas estas alternativas han sido descartadas. “Los escasos hombros que tiene el escenario del Colón obedecen a una función acústica. Eso no se puede tocar. Mantendremos el escenario tal como está, inclusive su disco giratorio que es único en el mundo por sus dimensiones. Los técnicos suelen quejarse de que la pendiente del tablado dificulta el montaje de escenografías, pero este declive, que tanto sorprende, está justo al límite para que desde la platea puedan verse los pies de los bailarines. Inclusive se respetará la estructura sobre la que está montado el escenario, no se realizará ninguna excavación en ese lugar; de allí abajo sólo eliminaremos los depósitos que se han improvisado a lo largo de los años, que pueden resultar peligrosos.”
Aclarado lo que no se hará, el funcionario especifica ahora cuáles son las acciones positivas que se realizarán en esa área tan sensible: “Hoy estamos en condiciones de afirmar que la reforma escenotécnica se limitará a la reubicación del montacargas que está detrás del escenario, que no está en una posición central, lo que es incómodo, y también a la rectificación de un conducto por el que se accede a él desde los talleres, por tener un recodo que dificulta el movimiento de escenografías y otros elementos. La otra reforma será el montacoches que se encuentra sobre la calle Cerrito, en lo que era la playa de estacionamiento. Si bien pueden cargarse elementos desde la vereda, son muy difíciles de descargar en el subsuelo, por lo que deberá ser reubicado. Estos ajustes, que eliminarán la tortuosidad en los accesos a los talleres, garantizarán dos funciones diarias de ópera o ballet en el Teatro Colón y el movimiento de contenedores con producciones.”
Para Arrese, “en el Colón faltan salas de ensayo, todo tiene que terminar resolviéndose en el escenario y eso bloquea muchos días del calendario. En algún momento, alguien va a tener que ceder espacio: o los talleres o las salas de ensayo. Lo que sucede es que nadie quiere irse del Colón.”
Finalmente, en cuanto al predio que se extiende entre el pasaje Toscanini y Viamonte, el arquitecto confirmó que se eliminará el estacionamiento (que a su vez usurpó los históricos jardines con balaustradas). Allí se realizará una plaza seca para toda la comunidad, tal como surgió de un concurso de proyectos, con mayor acceso a la boletería y otros lugares públicos del teatro, y con la posibilidad de realizar espectáculos al aire libre. En la esquina de Libertad y Viamonte, por su parte, se construirá un tanque gigante de reserva contra incendios y sobre él, el futuro Museo.
ConclusionesDe la información oficial ofrecida por el Masterplan, pueden extraerse de manera sencilla varias conclusiones, siempre si se está de acuerdo con la necesidad de una restauración del Teatro Colón. La primera de ellas es que, más allá de las marchas y contramarchas, ninguna de estas intervenciones parece poner en serio riesgo el edificio histórico ni su bien más preciado, que es su acústica. Se han disipado las brumas de intervenciones irreversibles en el escenario o las paredes de su caja. El cambio de los textiles, más allá de la relatividad de su conveniencia, no puede convertirse en eje de una polémica si se garantiza que la acústica y la decoración no cambiarán, y aparentemente todo está siendo arbitrado para que ello suceda. Aferrarse a una intangibilidad absoluta de cada uno de los elementos que integran la sala del Colón es tan irrazonable como falto de realidad: la reforma de Mario Roberto Alvarez, malhadada para quien esto escribe, se encargó de arrasar con elementos históricos de camarines y baños, romper la simetría en las salidas de los ambulatorios, cancelar un palco avant scene, entre otros aspectos Otras manos menos profesionales, con el tiempo, también se han encargado de robar percheros, tapices, y ¡hasta el órgano!
Preocupan, en cambio, al menos para el criterio de este cronista, las omisiones de este Masterplan, oportunidad casi única de mejorar al Teatro Colón en un país donde hacer es lo más combatido (y algo de esto, precisamente, debe saber la gente que trabaja en este proyecto).
En primer lugar, se pasó de amenazar con una reforma escenotécnica polémica, a limitarla a cambios que muchos sectores consideran caros, riesgosos e innecesarios. Se objeta con insistencia la decisión de correr unos pocos metros un montacargas y un montacoches para facilitar un ingreso de escenografías que nunca ha sido demasiado problemática, mientras hay otras prioridades para invertir el dinero. Si se lo compara con el subutilizado Teatro Solís de Montevideo, cuyo escenario es el de tecnología más moderna en Sudamérica, importada de Alemania, la maquinaria del Colón es ciertamente obsoleta. Tampoco se apunta a mejorar su parrilla de luces, sus puentes –salvo algunas reparaciones- u otras alternativas técnicas como diseñar nuevos dispositivos técnicos y un control de luces que no ocupe un palco de la sala y tenga la posición de una consola central. Se aleja la posibilidad de una modernización en estas áreas, y esto dificultará una política de intercambio de producciones con otras salas de países avanzados.
Pero quizás el punto más polémico gire en torno del sostenido reclamo del personal: nada se está haciendo para que la legión de artistas y empleados de la casa mejoren su ámbito de trabajo. Los camarines, de uno y otro lado de la herradura, seguirán siendo deprimentes; los subsuelos, con sus salas de ensayos de puertas desvencijadas que casi no abren, sectores inundables y un equipamiento setentista decadente, constituyen un ámbito de trabajo nada estimulante para instrumentistas, directores, solistas, coreógrafos, régisseurs y bailarines. Algo similar, aunque curiosamente en menor medida, puede hacerse extensivo a los sectores técnicos y administrativos. Se ha comenzado, al parecer, por el cambio de algunas carpinterías y ladrilllos de vidrio en los subsuelos que construyó la reforma de Alvarez. Sin embargo, para Arrese, este tema quedará para una segunda etapa no definida. Quizás el símbolo más claro de esta grave omisión del Masterplan sea el contraste entre el cartel naranja que hace tiempo habla de “Mejoras para el personal” y publicita la refacción de lo que alguna vez fue el comedor. Es cierto: se refaccionó, pero la licitación parece lejana. Allí está instalado el mismo Masterplan, con sus biblioratos y escritorios.
Finalmente, preocupa la afirmación, en gran medida injustificada, de que no hay salas de ensayo suficientes, y que este problema sólo podrá solucionarse enfrentando a técnicos con artistas. Afirmar que “alguno de los dos tendrá que mudarse” es una falsa disyuntiva: en 50.000 metros cuadrados algo puede hacerse, y ¡cuántos recuerdan lo que se ha hecho en el Teatro Colón! Aun las más optimistas expectativas de productividad de la sala no desbordan su capacidad operativa ni su infraestructura: la década de oro del teatro –la de 1960- es una prueba al canto. Una vez más, la historia tiene la palabra y su balance, cuantitativo y cualitativo, supera cualquier previsión fundada en los módicos parámetros actuales.
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El autor fue Jefe de Prensa del Teatro Colón (1999-2002).(
) _Nombre foráneo con que ha dado en llamarse a la actual restauración del Teatro Colón, utilizado en licitaciones junto con el extendido galicismo de la “puesta en valor” del edificio.
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Los trabajadores, ausentesMÁXIMO PARPAGNOLI (*)
Actualmente ensayan en el Colón dos orquestas: la Filarmónica y la Estable; siguen funcionando el Instituto y el Centro de Experimentación, y trabajan 450 técnicos, todo el personal administrativo y de mayordomía. Los únicos cuerpos fuera de sede son Ballet y Coro, que ensayan en la Asociación Hebraica. Lo curioso es que, aun con esta realidad, no está previsto en los planes ni en el presupuesto lo que para nosotros, como trabajadores de la casa, sería lo fundamental: solucionar las condiciones de trabajo del personal. No está planificada ninguna obra en el sector servicios, ni en oficinas, ni siquiera de dirección, ni restauración de talleres, ni provisión de maquinaria nueva.
El grueso de la reforma escenotécnica se va empezar ahora. En qué ha quedado, no se sabe a ciencia cierta, porque pese al compromiso que asumió la Subsecretaria “Nani” Arias de presentar un proyecto definitivo, al día de hoy no hay información oficial.
En principio, se habla de la reconversión del pasillo que comunica el taller de maquinaria con el montacargas del escenario, y la reubicación de éste. Esta rectificación no se iba a hacer el año pasado, porque suponía un reemplazo estructural demasiado importante que había sido incluso desaconsejado por Tomás del Carril, un asesor del Masterplan. Para nosotros, no es necesaria en absoluto, ni contribuirá al aceleramiento de la labor escenotécnica. Por ese pasillo, en épocas de presupuestos dignos, se han exportado e importado producciones enormes. Bastaría con preguntarle a Roberto Oswald, Hugo de Ana o Ezio Frigerio, que hizo la Doña Francisquita de 1996, una producción con cortes programados para poder embalarla en un contenedor.
Por su parte, la reubicación del montacoches no sólo implica una modificación en el tercer subsuelo, sino en todo el recorrido de su caja hasta el nivel de la calle. No sólo afecta al sector de herrería artística, sino también de tapicería, que tendrán un tránsito disminuido en la comunicación habitual. Además, se va a superar el límite de la línea de edificación, por lo que el Gobierno tendrá que dictar una norma de excepción.
Con respecto a las fachadas, hay que señalar que no es una restauración conservativa. El Instituto del Restauro hizo un estudio pormenorizado durante un año y aconsejó tratamientos diversos para cada zona, según el tipo de daño, grieta o faltante. El Masterplan está utilizando hidrolavado e hidroarenado: se ve a simple vista. Se ha demolido fachada hasta el ladrillo, como en las balaustradas de los balcones. Obviamente va a quedar más limpio, pero se perdió parte de los revestimientos originales. El perímetro interno de las terrazas fue picado y eliminado el símil piedra, y ya muestra rajaduras que continúan las fisuras de lo viejo.
Con respecto al tratamiento de la sala, si se trata de una restauración conservativa, habría que conservar todo lo posible, agregándole al material existente un tratamiento ignífugo. No olvidemos que el textil representa un 30 % de la superficie reflexiva, y esto implica incidencia en la acústica. Este problema puede ser reversible, pero lo estructural ya es mucho más complicado. Esto iba a suceder en el proyecto anterior; hasta que nosotros dijimos, acompañando la recomendación del asesor Sánchez Quintana, que no se tocara la caja del escenario, y allí se dio marcha atrás.
Esto no demuestra de por sí una capacidad de rectificación del Masterplan, porque, como está planteado en los pliegos, la verificación del trabajo se hará en obra, lo que lleva a que sean las empresas las que realicen los estudios de factibilidad, sin contar siquiera con planos actualizados. Por ejemplo, hay riesgos de inundación porque las napas están mucho más arriba de lo que supuso en su momento Mario Roberto Álvarez, que tuvo que construir una camisa de hormigón e instalar bombas de achique permanentes para evitar que aflore el agua, hoy en funcionamiento debajo del tercer subsuelo.
El Teatro Colón necesitaba una puesta a punto, pero han empezado a construir la casa por el techo. El responsable final de esto es el Gobierno de la Ciudad, que nunca tuvo la humildad de reunirse con los trabajadores. Se debería haber hecho un plan no sujeto a un tiempo político que, ellos mismos lo admiten, no se va a cumplir. Se consultó a directores que pasaron, pero nunca a los que trabajan de manera permanente. Así como se hace una audiencia pública para cambiar el nombre de una calle, mucho más se justificaba en este caso. Hubiera sido mucho más democrático que el oscurantismo con que el Masterplan se ha manejado desde el inicio.
(*) Fotógrafo y delegado gremial del personal del Teatro Colón. Testimonio tomado de una entrevista realizada por D.V.C.
Un olvidadizo MasterplanPABLO SARAVI (*)
Nuestro Teatro Colón está a punto de cumplir sus primeros cien años de vida. Han sido varias décadas cargadas con no pocas glorias y triunfos artísticos. Testigo de ello han sido los abonados y el público eventual del pasado y del presente, que ha transitado su majestuoso foyer, salones Dorado y Blanco y su imponente sala, ya internacionalmente legendaria.
Como todo edificio de cierta edad y en continuo uso, evidentemente necesita cuidados constantes y un monitoreo periódico sobre su estado edilicio. No sólo por el público asistente sino también por la gran cantidad de personas que trabajan allí, que entre cuerpos artísticos, técnicos y personal administrativo suman actualmente algo más de 1300.
En las últimas décadas se hizo evidente un deterioro inexorable que avanzaba sobre el edificio, tanto en la parte original de 1908 como en los subsuelos donde funcionan las salas de ensayo del coro, orquestas y ballet y los talleres de escultura, zapatería, escenografía, fotografía, sastrería y otros varios. Una restauración de la parte histórica (sala, foyer, salones Blanco y Dorado) y una refacción de la parte “nueva” (subsuelos) es urgentemente necesaria.
El llamado Masterplan (que hasta ahora nadie me ha sabido explicar por qué tiene un nombre en inglés… ¿snobismo o necesidad?) lamentablemente contempla sólo algunos aspectos de lo que sería necesario para el mejor desempeño del teatro. Por una parte las restauraciones (o reformas en algunos casos) ya han sido discutidas ampliamente a partir de voces de alarma desde varios sectores, tanto de gente perteneciente a la institución como de personas vinculadas a la cultura.
Más allá de algunos puntos discutibles (como el caso de los textiles -más puntualmente el telón- los hidrolavados y reemplazos de la fachada, etc.) lo más llamativo del Masterplan es la casi cero consideración a mejorar la calidad del trabajo de los empleados, tanto artísticos como técnicos, que no dejan de “ser” también el Colón. Una carta dirigida a las autoridades del Teatro Colón por parte de su Orquesta Estable puntualiza esas necesidades, a saber: acondicionamiento integral de todos los servicios sanitarios, instalación del sistema de seguridad y evacuación en caso de incendio, escapes de gas, etc.; funcionamiento efectivo de los sistemas de ventilación, climatización e iluminación de las salas de ensayo (actualmente la luz es insuficiente); mejora de la acústica de las salas mencionadas y actualización del sistema de iluminación de los atriles del foso orquestal (el actual sistema es inseguro y la luz insuficiente). No estoy puntualizando aquí las necesidades de los talleres de los subsuelos.
Es de esperar que la restauración de la parte histórica y principalmente de la sala se haga con seriedad y profesionalismo, especialmente en lo referente a la acústica. Y en el tiempo prometido. Mientras tanto, espero que alguna vez se piense no sólo ”en el público y en lo que se ve” sino también en los cientos de personas que ese mismo público asiste a aplaudir semana tras semana y no obstante deben realizar su diaria labor en pobres condiciones.
(*) Concertino de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires.
Una restauración con demasiadas dudasTERESA DE ANCHORENA (*)
Los trabajos de restauración del Teatro Colón no son una obra pública más; se trata de una intervención sobre el principal monumento histórico de la Argentina y una de las casas de ópera más importantes del mundo.
El Teatro Colón es considerado el mejor para la presentación de óperas, evaluado con una puntuación de 4,5 sobre 5, superando a la Scala de Milán y a la Opéra Garnier de París, según los resultados del estudio Análisis objetivo y subjetivo de 23 casas de ópera en Europa, Japón y las Américas (Takayuki Hikada y Leo L. Beranek, en Journal Acoustic Society of America, Vol, 107, Nº 1, enero 2000). Ese mismo análisis estableció que es el tercero en lo que se refiere para la realización de conciertos.
El edificio del Colón es uno de los más bellos del mundo y posee una condición excepcional, es el único de su envergadura que se ha conservado en su estado original sin sufrir el deterioro total o parcial provocado por las guerras o incendios como ocurrió con la Scala de Milán, la Opéra de París, el Liceu de Barcelona, el Teatro Real de Madrid o el Solís de Montevideo, razón por la cual fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1989.
La restauración del Teatro Colón es una de las obras más relevantes que hoy tiene el Gobierno de la Ciudad entre manos y un error en su ejecución puede provocar daños irreversibles.
En el Masterplan se han hecho algunas cosas bien, pero en otras muy importantes y decisivas se han cometido y se están cometiendo errores que pueden comprometer seriamente el futuro del teatro, especialmente en aquellos aspectos más sensibles de las obras referidos a la conservación de la acústica excepcional y a la preservación de los elementos históricos de la Sala Principal. El pliego de licitación no fijaba parámetros para la evaluación del impacto acústico de la obra y solo preveía mediciones a cargo de la empresa contratista, indicando el resultado debía ser “similar” a la actual. Luego de la intervención de legisladores, expertos y trabajadores se logró una modificación, estableciéndose que el resultado debía ser “equivalente”, es decir con los mismos valores acústicos que tiene hoy el teatro.
Entre los elementos más preciados de la sala principal del Teatro Colón se encuentran los textiles históricos. El telón es tal vez el más bello del mundo, de un valor artístico y simbólico incomparable por estar impregnado de las grandes voces y la mejor música de todo el Siglo XX. Como testimonio las fotos de María Callas, Julio Bocca, Plácido Domingo, Rudolf Nureyev, Luciano Pavarotti, Daniel Barenboim y Marta Argerich, saludando al público con el telón de fondo, constituyen un documento histórico único y conmovedor. Sin embargo, el Masterplan prevé eliminar ese telón y reemplazarlo por uno nuevo.
¿Por qué no tratar a fondo la posibilidad de restaurarlos? Más aún cuando existe la posibilidad cierta y la voluntad de los bordadores y tapiceros del propio teatro para realizar dicha tarea, coordinados por expertos textiles argentinos y del exterior, lo que significaría además un orgullo para los trabajadores de la casa contribuir a mantener vivo el patrimonio del Teatro. A estas consideraciones estéticas e históricas hay que agregar un elemento significativo, y es la enorme importancia que tienen todos los textiles en la acústica del teatro.
A pesar de ello, el Masterplan sigue avanzando por la vía del reemplazo total. Sin embargo aún no esta claro qué materiales serán utilizados, si estos respetarán los colores, diseños y texturas históricas, y fundamentalmente cual será el impacto acústico en el conjunto de la sala. Hasta el día de hoy no se cuenta con las muestras definitivas para que tome la debida intervención la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos.
Demasiadas dudas para una obra que se está realizando sobre el principal edificio patrimonial de la Argentina, que superará largamente los 120 millones de pesos provenientes de los impuestos que pagamos los ciudadanos de Buenos Aires, y que se espera inaugurar el 25 de mayo de 2008.
(*) Diputada y Presidenta de la Comisión de Patrimonio Arquitectónico y Paisajístico y de Seguimiento de las Obras del Master Plan del Teatro Colón de la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires