Sin lugar a dudas, Daniel Barenboim es una de las figuras más relevantes del mundo actual. Con la música como lenguaje va más allá de ciertos límites, que otros prefieren no atravesar, para elevar su voz en favor de la más noble de las causas: el mejoramiento de la humanidad. Esta nota se centra en el Barenboim músico, quien, convocado por el Mozarteum, actuará en Buenos Aires al frente de la Staatskapelle Berlin.“Tenemos que trabajar de lo complejo a lo simple. La complejidad, hasta que se analiza de forma metódica, es el caos”, afirma Daniel Barenboim en el capítulo Sobre la interpretación, de su libro Mi vida en la música, cuya primera edición en castellano fue publicada en 2003. “La versión definitiva, tal como la conocemos –completa el párrafo-, a menudo es mucho más sencilla que la primera”.
La tentación de hablar de un Barenboim músico, otro político, un tercero director, y por qué no un cuarto maestro, está ahí, a la espera de simplificar de la peor manera la riqueza del personaje. Es entonces que para abordar el perfil del director de la Staatskapelle Berlin, que se presentará los últimos días de mayo en Buenos Aires, vale la pena transitar el camino que él mismo propone para el análisis de una obra musical.
Daniel Barenboim es el hombre que, parado en un escenario armado sobre la 9 de julio con el Obelisco de fondo, de cara a la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, piano de por medio, arremete con un tango. Es el que se para frente al micrófono, y mientras las cámaras de la televisión alemana transmiten a toda Europa el brillo de las gotas de su sudor de verano porteño, atraviesa el castellano con un acento indefinido.
Daniel Barenboim es el pianista nacido en Argentina que a cargo de una orquesta alemana se carga a Richard Wagner en su valija y lo despliega sobre un atril de Jerusalén. Es quien se casó con Jacqueline Du Pre. Es quien en 1999, junto al escritor de origen palestino Edward Said, fundó la West-East Divan Orchestra, una iniciativa para reunir a jóvenes israelíes y de países árabes en torno a la ejecución musical. Pianista de Mi Buenos Aires Querido, CD que grabó junto a Héctor Console y Rodolfo Mederos, que apoya su intención de derribar la barrera con que algunos pretenden separar la música culta de la popular, también es el ciudadano israelí que el 12 de enero, tras un concierto que dio en Ramalah, aceptó la ciudadanía palestina honoraria. “Espero que mi nuevo status sea un ejemplo de la coexistencia israelí – palestina”, dijo. “Yo creo que el destino de los israelíes y los palestinos están profundamente ligados”, agregó y redobló la apuesta: “Al fin y al cabo, ya que compartimos una tierra y un destino, todos deberíamos tener doble ciudadanía”.
Barenboim es todo eso que construyó desde que a los cinco años comenzó a tomar clases de piano con su mamá. Y es todo lo que agrega en cada acción que emprende. Eso hace que nunca sea definitiva la mirada que sobre él se pueda dar, como no es posible hacerlo con la música. “Cuanto más tiempo pasa desde el momento en que una obra fue creada, más necesidad hay de reconstruir científicamente algo parecido a la verdad con respecto a esa obra. Pero esa verdad no existe como tal. El sonido es efímero”, reflexionaba hace unos años en una entrevista publicada en 2002. Allí también sostenía que cada interpretación es diferente.
Aunque para quien fuera director de la Orquesta Sinfónica de Chicago por más de 15 años, aunque la esencia de las obras se mantiene intacta, la diferencia entre la idea del compositor y su anotación en una partitura es “algo así como la realidad y una foto”. “Quien piense que la obra es lo mismo que la partitura, sigue una línea errónea”, aseguraba en un reportaje concedido ocho años atrás, y planteaba su postura como plataforma de una visión desafiante de la tarea del director. “Unas manchitas negras sobre un papel blanco no es lo mismo que una sonata de Beethoven. No es la obra. La obra se crea cada vez”, decía, para fundamentar su propia idea de la interpretación como un espacio de libertad, al mismo tiempo que de humildad.
“En la medida en que uno comprenda y perciba la estructura y la naturaleza de una frase, hay muchas maneras de expresarla. Este es otro ejemplo de cómo el pensamiento filosófico puede acudir en nuestra ayuda para aclarar ciertos aspectos de la interpretación musical”, escribió en Mi vida en la música. Desde esa perspectiva es más fácil entender su crítica a la escisión entre la música y la producción intelectual.
En ocasión de la presentación de su libro, Barenboim planteaba que “uno de los problemas con la vida musical, es que está completamente divorciada de toda la vida espiritual o intelectual ajena a la música”. “La gran mayoría de la gente que trabaja realmente con su cabeza, los que son pensadores, esas personas no tienen contacto con la música”, seguía, al tiempo que confesaba su permanente trazado de paralelos entre la música y otras disciplinas, entre ellas la filosofía.
Proponer una especie de deconstrucción de ese complejo personaje que es Daniel Barenboim exige trazar un itinerario hacia atrás en el tiempo, que pasará por su paso por Bayreuth, sus tres lustros de permanencia en la dirección musical de la Orquesta de París y su debut al frente de la Filarmónica de Londres, además de su asistencia como director de numerosas orquestas merced a las invitaciones recibidas.
Pero también requiere viajar a la Buenos Aires de 1950, en la que “no había un divorcio entre la música clásica y el tango”, al nacimiento del estado de Israel, a su temprano vínculo con Igor Markevich, con Arthur Rubinstein, y al ámbito de libertad que en su hogar le permitió explorar el arte musical, entre picados de fútbol en las calles de Tel Aviv. En ese marco, mucho Bach, Prokofiev y Mozart eran testigos de la internalización de un judaísmo que influyó en su modo de relacionar la historia con la vida cotidiana, y de aplicar ese nexo en sus representaciones musicales, “aún en la música más abstracta”.
Su elección del piano fue determinante en su ingreso a la dirección orquestal. Su condición de instrumento neutro, “que crea la ilusión de los diferentes timbres que puede producir una orquesta entera”, fue el trampolín a la batuta que, en su caso, no lo hizo renegar de las teclas. Desde ese doble rol de pianista y director regresa sobre el tema de la interpretación, sus libertades y la obsesión de los fanáticos del tempo correcto.
“Algunas veces he escuchado ejecuciones en las que se cometían los delitos más atroces contra el texto escrito, en lo que respecta a la articulación, la dinámica y el equilibrio, sin que los críticos hicieran ningún comentario. Ellos a menudo se limitan a comentar si se ha respetado el tempo de la ejecución”, atiza. Y enseguida advierte que “el tempo no es más que una parte de un todo, que es relativo al todo, en lugar de ser una fuerza independiente y objetiva. En todo caso, a modo de principio rector, declara que “la necesidad de introducir cambios de tempo imperceptibles es un principio fundamental de la música”.
Ahí es cuando pone en juego el peso del sonido y su importancia en relación a las velocidades y los tiempos de desplazamiento de ese sonido. Y en ese sentido, no sólo tiene relevancia el hecho de que sea un solo instrumento o una orquesta la que ejecute una obra, sino también el espacio en el que suena. “La música tiene una doble capacidad, física y metafísica. Físicamente tiene sus leyes específicas, sus sonidos y la manera en que interactúan unos con otros y con el espacio físico en que se producen”, explicó casi en tono pedagógico en una entrevista publicada por La Nación hace ocho años. “En cambio”, continuaba, “metafísicamente tiene una capacidad intrínseca que es contradictoria. Por un lado, ayuda a entender el mundo. Por el otro, ayuda a escaparse de él”.
Explorador de los distintos compartimentos en los que muchos se empecinan en dividir a la música, Barenboim delinea un núcleo conformado por Beethoven, con sus sonatas como punto de equilibrio, Bruckner y Wagner, el trío en torno al que se organiza el resto de una larga lista de compositores abordados por el director, desde el interés, la curiosidad o el gusto personal, o la combinación de los tres, que motoriza una búsqueda permanente. Testimonio de ella es el proceso que fue desde el desagrado que le provocaban algunas sinfonías de Mahler en la década de 1960 a la afición que más tarde demostraría por el compositor, no sin un expreso celo selectivo, sin dejar de lado su interés por la llamada música contemporánea. “En Chicago tengo fama de hacer demasiada música contemporánea y en Berlín me acusan de hacer demasiado poca, de modo que calculo que seguramente hago la cantidad adecuada”, concluye al respecto.
Libertad, apertura, tolerancia. Ese complejo que es Daniel Barenboim se postula abanderado de identidades que se complementan, que se enriquecen entre sí. “Uno de los problemas de nuestro tiempo es que la gente restringe sus preocupaciones a detalles cada vez más pequeños y que a menudo apenas se da cuenta de cómo se mezclan las cosas entre sí, y juntas forman parte de un todo”, advierte. Y sentencia: “A principios del siglo XXI, nadie puede decir que posee una sola identidad”.
Las presentaciones de Daniel Barenboim al frente de la Staatskapelle BerlinArnold Schoenberg:
Noche transfigurada; Anton Bruckner:
Sinfonía nº 7. Jueves 29 de mayo, 20.30 (Primer Ciclo).
Anton Bruckner:
Sinfonía nº 8. Viernes 30 de mayo, 20.30 (Segundo Ciclo).
Arnold Schoenberg:
Variaciones Op. 31, Anton Bruckner:
Sinfonía nº 9. Lunes 2 de junio, 20.30 (Función Extraordinaria)
Las funciones tendrán lugar en el Teatro Coliseo (Mozarteum Argentino)
Un festejo por los 100 del ColónCon motivo del centenario del primer coliseo, Barenboim, al frente de la Staatskapelle Berlin, ofrecerá sus versiones de la obertura de
Los maestros cantores de Nürenberg y el
Preludio y muerte de amor de
Tristán e Isolda, de Richard Wagner, y la
Sinfonía Nº5 de Gustav Mahler. Este concierto, también organizado por el Mozarteum Argentino, se llevará a cabo el 1º de junio en el Luna Park.