Xavier Inchausti
Año 11 - N° 50 - Septiembre - Octubre 2009



sábado, 19 de mayo de 2012
Interpretación y virtuosismo

Un perfil del violinista Xavier Inchausti.

Un recorrido por la carrera de este violinista de 18 años, que compartirá el escenario por primera vez con su maestro Rafael Gíntoli en Conciertos Pilar Golf.

“¡Qué hombre! ¡Qué violín! ¡Qué artista!”
Franz Liszt al escuchar a Paganini en 1831

Cada época presenta fenómenos musicales que, por diversas razones, captan la atención del público y de la crítica. Ya hace unos años viene sonando un nombre en el firmamento del violín argentino. “Pibe de doce años en el Colón”, presentaba así uno de los noticieros más conocidos de la televisión abierta en 2003, mientras uno de los matutinos porteños titulaba: “Un joven virtuoso del violín”. El debut de Xavier Inchausti en un ámbito consagratorio para nuestro país, como lo era –y esperemos que así lo siga siendo– nuestro primer coliseo, fue un punto de llegada y a la vez de inflexión en su incipiente carrera.

Los primeros pasos de este músico, nacido en Bahía Blanca en 1990, fueron a los ocho años, pero con otro instrumento –el piano– a instancias de su padre, cornista de la orquesta sinfónica de dicha ciudad. Fue recién al año siguiente cuando decidió cambiar las teclas por las cuerdas y el arco. En diálogo con Cantabile, Xavier recuerda: “En mi casa siempre había músicos ensayando y de muy chico me llamó la atención el violín, escuchar su sonido… Lo comencé a estudiar a los nueve años porque recién ahí les dije a mis padres que me gustaba”.

Su inquietud y empatía con el instrumento lograron un avance inusitado en sus primeros estudios bajo la guía del violinista georgiano Sergo Lazarev, concertino por aquel entonces de la Orquesta Sinfónica de Bahía Blanca. Luego, de la mano de su segundo maestro, Fernando Hasaj, preparó uno de los primeros hitos en su carrera: el Concierto para violín y orquesta de Beethoven, que tocaría en 2002 en su ciudad natal y que volvería a presentarlo dos años después en Buenos Aires para los Conciertos del Mediodía del Mozarteum.

En los primeros meses de estudio, fue significativo para Xavier el haber escuchado tocar en Bahía Blanca a quien actualmente es su maestro, Rafael Gíntoli. Al día siguiente de ese concierto, el joven de nueve años interpretaba la desafiante chacona de la Partita N° 2 de Bach y uno de los Caprichos de Paganini, ante una mirada atenta y también sorprendida de Gíntoli. Xavier reconoce: “Es mi maestro, es el que guía mis pasos. He aprendido muchísimo de él: me ayuda a madurar y es imprescindible para mí que me escuche y sugiera. Su opinión es de suma importancia ante el desafío de cada nueva obra”.

Luego de haber debutado en el Colón, en 2004 el Mozarteum Argentino le concedió la beca “Jeannette Arata de Erize”. En 2005 viajó a Europa para ser alumno activo del Mozarteum de Salzburgo e ingresó a la Universidad de Viena en la cátedra de Michael Frieschenschlager. Al año siguiente interpretó en Viena el Concierto de Mendelssohn junto con la Musikverein Pressbaum Orchester y el de Tchaikovsky junto con la Orquesta Filarmónica de Sarajevo. De este concierto, Xavier recuerda: “Me invitó Pablo Boggiano. Hacía un frío terrible esa tarde y estaba todo nevado. Yo hacía bolas de nieve y antes de entrar a una de las mezquitas Pablo me dijo que las deshiciera inmediatamente porque todavía quedaban francotiradores que podían pensar que llevaba granadas camufladas y que no iban a andar preguntando… De regreso me enteré que el inicio de la Primera Guerra Mundial se produjo por un asesinato en las escalinatas del teatro donde habíamos tocado”.

El apogeo del virtuosismo
En la historia de la música se suele mencionar, en la primera parte del siglo XIX, al violinista Niccolò Paganini como el instrumentista-compositor que logró elevar al “virtuosismo” a la categoría de arte. Hasta ese entonces, era un complemento decorativo que aderezaba una composición determinada. Gracias a los logros de los constructores del violín y en las grandes manos de Paganini, se logra imponer el “virtuosismo” como sustancia de las composiciones con ese estilo rapsódico y expresivo, que serían partícipes de la “revolución romántica” en música al influir a Liszt, Schumann y Brahms, entre otros.

Una de las obras capitales de Paganini –y que bien ejemplifican su estilo– son los 24 caprichos para violín solo, Op. 1. No sólo se debe dominar la técnica sino también tener una musicalidad extrema para que esta monumental obra pueda ser (bien) interpretada. A sus 16 años, quien pudo con el desafío fue Xavier Inchausti, primero en Paraná y luego, el año pasado, en varios lugares de nuestro país. Fue otro de los hitos en su carrera. Xavier reflexiona: “Es un repertorio que disfruto ampliamente y que me da la posibilidad de explayarme, como en el Capricho Nº 4 con su impronta operística y otros donde Paganini plasma estampas italianas como La Caccia o el arribo de gaiteros a Génova, en donde el violín aborda una danza primitiva y visceral”.

El maestro Shlomo Mintz –otro de los popes del violín que se ha atrevido a la interpretación integral de los Caprichos de Paganini en un solo concierto, y cuya grabación Xavier admira– de paso por Buenos Aires en 2007 lo escuchó e invitó a participar becado de su Curso Magistral de Violín en el Centro Musical “Keshet Eilon” de Israel. De esta mutua admiración, también nació la invitación del maestro Mintz el año siguiente para que Xavier abriera su concierto en Amijai, interpretando la compleja Sonata N° 3 “Balada” de Eugène Ysaÿe. De este compositor belga de fines del siglo XIX y comienzos del XX, también de escritura virtuosa como la de Paganini, Xavier ha tocado en abril pasado en San Isidro sus Seis sonatas para violín solo, una obra que espera volver a interpretar antes de fin de año.

En 2008 interpretó el Concierto N° 1 de Paganini, primero con la Orquesta Sinfónica de Berlín en Ushuaia, dirigida por Jorge Uliarte, luego en el “Ciclo Joven” de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires con la dirección de Sylvain Gasançon y, finalmente, con la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Taiwan, como parte de una extensa gira con los 24 Caprichos de Paganini, de los que realizó una grabación en vivo para Asia. “Siempre resulta muy enriquecedor”, dice Xavier sobre su experiencia con diferentes orquestas y directores, “es increíble llegar al concierto aunando criterios y sentir cómo emana toda esa energía”.

El fin de la inocencia
Esa impronta rapsódica de la improvisación virtuosa basada en notables efectos instantáneos, propia de Paganini, permitieron a compositores como Liszt o Brahms pensar una estructura formal que, luego de Beethoven, estaba en un callejón sin salida. El intento fortuito de transferir el virtuosismo de Paganini, por ejemplo al piano, por parte de esos compositores permitió integrar materiales musicales experimentales para la época, que serían una expresión propia del romanticismo. La “variación virtuosa” sería una de las salidas para generar una forma a gran escala, como lo serían los poemas sinfónicos y los conciertos donde la orquesta pasaría a estar casi a la par del solista.

Quizá una de las obras más ejemplificadoras de esto sea el monumental Concierto para violín y orquesta de Johannes Brahms, donde el solista tiene que dialogar, imponerse o acoplarse con la agrupación sinfónica durante los cuarenta y cinco minutos de duración de la obra. Este es otro desafío que Xavier Inchausti ha superado hábilmente, con la dirección de Pedro Ignacio Calderón, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional el año pasado en la Facultad de Derecho y antes con la Orquesta Sinfónica de Salta.

Previamente, en febrero de ese año, Xavier se había atrevido a interpretar una obra del siglo XX, el Concierto Nº 1 de Dimitri Shostakovich, invitado a Kiev por la Orquesta Sinfónica Nacional de Ucrania, y que luego repetiría con la Orquesta Estable del Teatro Argentino de La Plata. Este año Xavier fue invitado a abrir la temporada del 50° aniversario de la Orquesta de su natal Bahía Blanca con otro compositor del siglo XX, Bela Bartók y su dificilísimo Concierto N° 2.

Paralelamente a estos abordajes sinfónicos, Xavier cultiva junto a la pianista Paula Pelusso la música de cámara, abordando diferentes estéticas que van desde obras clásicas y Bach a obras compuestas en el siglo XX como, por ejemplo, la Sonata de Ravel. “Es muy vasto el repertorio de violín y piano, y lleva mucho tiempo conocer una pequeña parte del mismo”, reflexiona Xavier. Consultado acerca de su interés en abordar otro tipo de formaciones como trío o cuarteto, contesta: “Creo que en algún momento voy a tener la oportunidad de participar en otras formaciones de cámara”. Los desafíos para este violinista de 18 años parecen no tener límites.

Cuando se le pregunta sobre sus prioridades artísticas al encarar una nueva partitura, Xavier responde: “Debo consustanciarme con el compositor, cotejar versiones y analizar la estructura y el desarrollo de la obra. A medida que avanza se instala una idea, un sentimiento”. Esa búsqueda de un sonido apropiado para cada obra, esa necesidad de encontrar su estilo, gracias a un estudio constante bajo la tutela de Rafael Gíntoli, hacen de Xavier Inchausti uno de los artistas más completos de nuestros días y de nuestro país. No quedan dudas de que al escucharlo uno volvería a repetir esa frase de Franz Liszt con la que encabezamos este artículo.

Rafael Gíntoli - La voz del maestro
Más allá de su reconocida carrera como solista, el rol de maestro apasiona a Rafael Gíntoli. Desde hace unos años, tiene la responsabilidad de guiar a Xavier Inchausti en el estudio. “Es un tipo de labor que a mí me encanta”, nos cuenta Gíntoli. “A los chicos no se les miente: tienen que saber toda la verdad y las posibilidades de uno como maestro, pero también de las limitaciones que uno puede tener. En ese aspecto creo que no sólo con Xavier, sino con mis demás alumnos, soy muy claro. Lo que yo puedo enseñar lo enseño, y lo que no, no. Rápidamente digo ‘hasta acá llegan mis límites’ y hay que buscar otros caminos, otras vías…”

Sobre su relación con Xavier nos dice: “Creo que tengo una experiencia suficiente como para aclararle algunos panoramas, sobre todo en lo que respecta al hecho de tocar cada obra sobre un escenario. Él tiene un potencial muy grande: no sólo lo digo yo sino también excelentes maestros como Shlomo Mintz, David Cerone o Eduard Grach”.

“Cuando se es joven”, continúa Gíntoli, “implícitamente hay una posibilidad de virtuosismo. En el caso de Xavier es muy especial porque él ya es un virtuoso y siempre lo fue. Es un chico que tiene no sólo una gran facilidad y una gran manualidad para tocar, sino que además, su mente es un computer. Él analiza a fondo cada cosa cuando la estudia. Cuando le puse los 24 Caprichos de Paganini en sus manos –él tenía algunos nomás–, los terminamos de hacer todos porque noté en él una gran tonicidad muscular, un plus con respecto a muchos otros ejecutantes de violín. Esa gran tonicidad muscular y cerebral le da el impulso como para emprender una obra que es realmente muy grande. Además tiene una respuesta neurológica muy importante. Ante un problema su respuesta es inmediata: él ve un problema, busca una solución –algunas veces se la encuentro yo, algunas veces él– y en el momento en que ya tiene la solución como idea, ya está hecha. Es así y basta. Eso es lo que pasa”.

Más allá de la técnica, uno de los puntos centrales en sus clases es la interpretación. Gíntoli explica: “Uno tiene que situarlos en la parte histórica de cada compositor que está ejecutando: la vivencia, su época, lo que se sentía, se veía, se hablaba o se vestía. Es como hacerles sentir todo eso casi en carne propia. De esa manera, van adquiriendo un cierto conocimiento a flor de piel de lo que es un compositor, una época y un estilo, que es todo. A partir de eso yo creo que los chicos entienden mucho más”.

Con respecto al repertorio, Gíntoli afirma: “Primero el maestro le tiene que hacer conocer todos los períodos que pueda y hacérselos vivir y sentir. Después el repertorio va también de acuerdo con la capacidad de desarrollo que pueda tener cada uno de los alumnos. Muchas veces es muy lindo hacerle el repertorio del pequeño violinista a un pequeño que ya es violinista, eso es tan importante como hacerle el gran repertorio a un violinista que ya está siendo profesional. Cuando se es chico se tiene que tocar con el mismo profesionalismo que cuando se es grande”.

En octubre, por primera vez maestro y discípulo van a compartir escenario en el Ciclo de Conciertos Pilar Golf. “Vamos a hacer un programa muy divertido”, aclara Gíntoli, “porque son todas obras para dos violines con tinte virtuosístico, como por ejemplo Navarra de Sarasate. Nuestra expectativa es pasarla bien, hacer buena música y también hacer que nuestro público se divierta. Mis expectativas con Xavier son como la de todos los argentinos: que él siga desarrollándose en la plenitud que está y cada vez pueda ser más conocido en el mundo entero o en todos los países que pueda ir y tocar. Eso es lo más importante”.

“El maestro y su discípulo”
Rafael Gíntoli (violín)
Xavier Inchausti (violín)
Pianista invitada: Paula Pelusso

Conciertos Pilar Golf
www.pilargolf.com.ar
Auditorio Pilar Golf 31 de octubre a las 20.30

Johann Sebastian Bach
Ciaccona (de la Partita No. 2 en Re menor, BWV 1004)

Charles-Auguste De Bériot
Duo Concertant op. 57 No 1 en Sol menor

Georg Philipp Telemann
Sonata canónica No. 1 en Sol mayor

Wolfgang Amadeus Mozart
Selección de dúos sobre La flauta mágica

Henri Wieniawski
De "Estudios y Caprichos op. 18"

Pablo De Sarasate
Navarra, Op. 33 - Fantasía