Entrevista a Felicity Lott
Año 3 - N° 8 - Mayo - Junio 2001



sábado, 19 de mayo de 2012
La fascinación de la propia búsqueda

Entrevista al bailarín y coreógrafo ruso Vladimir Vassiliev.

Una vez más, Vladimir Vassiliev se encuentra en Argentina. Ya no baila, pero su estampa y su porte delatan ese pasado no tan lejano, signado por toda una vida sobre los escenarios del Bolshoi de Moscú -su casa desde 1958- y de los teatros del mundo que lo recibieron. En cada gesto y en cada mirada están los inolvidables Espartaco, Macbeth, Iván el Terrible, Romeo y Zorba, todos los príncipes y hasta aquel malevo de sombrero ladeado que nos regaló en 1983, en Fragmentos de una biografía.

Perteneciente a una de las generaciones más ricas en estrellas genuinas, que imprimían su sello personal en cada interpretación, Vassiliev llegó a la ciudad de La Plata para custodiar celosamente el montaje de Paganini. Se trata de un ballet breve en un acto, cuya coreografía diseñara Leonid Lavrovsky en 1960 sobre la partitura de la Rapsodia sobre un tema de Paganini Op. 43, de Sergei Rachmaninov, y que toma la leyenda del célebre violinista que entregó su alma al diablo para obtener un total dominio de su instrumento. Sin embargo, para Vassiliev la obra "no se refiere únicamente a la figura del músico, sino al artista en general. Está armada sobre el contraste entre la luz y la sombra, entre el genio de Paganini y su sufrimiento por no poder llegar al ideal que él desea. Esto le sucede a todos los artistas por igual y aunque hayan pasado cuarenta años desde su estreno, el tema no pierde actualidad".

Al relatar su propia experiencia, comenta: "Lo bailé en el '64 y puedo asegurar que, pese a su brevedad, es uno de los ballets más difíciles, porque el personaje está permanentemente en escena y el bailarín no puede relajarse en ningún momento, ni desde el punto de vista expresivo ni desde lo técnico. La escenografía de Vadim Rindin, compuesta únicamente por luces y tules, también ayuda a centrar la atención en Paganini. Lavrovsky montó dos variaciones que eran sólo una mímica de lo que hace el violinista, y yo las resolví más técnicamente.

"Entiendo muy bien el sufrimiento de Paganini -prosigue-. Durante muchos años yo mismo intenté llegar a un ideal y no lo logré. Quise alcanzar todo aquello que veía a mi alrededor y que me parecía bueno. Pero tampoco conocí a un artista que tuviera todo lo que yo ansiaba para mí: uno tenía sólo buenos pies o buenos brazos, o buena línea o buen salto, y algunos reunían todo eso pero sin sentimiento o expresividad. Jamás encontré el ideal completo, pero quizás esté allá arriba -comenta con una sonrisa, mientras señala hacia el cielo-".

Las facetas de un artista completo
Que alguien, considerado mundialmente como uno de los bailarines y actores más completos, se confiese, no deja de provocar asombro. Pero, por otro lado, tal conclusión es natural. Es que Vassiliev se formó en uno de los ámbitos artísticos más tradicionales y exigentes como lo es el del Bolshoi, en una época donde las individualidades eran moneda corriente (pensemos en Maia Plissetskaia, Maris Liepa, Natalia Bessmertnova o su propia esposa, Ekaterina Maximova, entre muchos otros nombres), y los resultados eran el producto del sacrificio y del consciente estudio de la interpretación. Vassiliev reivindica esos conceptos y esa época donde el arte representaba algo más integral para el bailarín, y atribuye la actual falta de profundización artística a la era de la comunicación: "Es un problema contemporáneo y mundial. La velocidad de la comunicación hizo que se supiera más acerca de un mismo tema con mayor facilidad. Todos los artistas jóvenes consideran una pérdida de tiempo dedicar medio año a preparar un personaje, sin tener la convicción necesaria como para emprender un arduo trabajo. Por eso ahora hay tantos showman, tantas personas que saben cómo venderse y que con mucha publicidad llegan a tener dinero, fama, honor y gloria rápidamente. El peligro es que esto se convierta en una norma y ahí radica el problema, porque el buen resultado en el arte siempre se obtiene del sufrimiento. Y pensar que es tan fascinante dedicar tiempo a la búsqueda interior, tratar de llegar a la máxima aproximación de lo que se busca desde el comienzo... Esa era una de las pocas ventajas del sistema comunista, aunque los artistas también necesitaron una apertura para que todo el mundo los conociera. Por esta razón muchos se fueron, pero ya llevaban dentro suyo la inquietud artística de la superación."

Con especial entusiasmo, prosigue: "Por eso volvemos al protagonista de Paganini. Dieciocho minutos sobre el escenario pueden parecer pocos, pero en ellos se deja la vida y la piel, y si eso sucede va a ser un buen espectáculo. Cuando se sale al escenario hay que lograr que el público llore o se ría según lo que le pasa al personaje, y que al regresar a su casa le quede esa sensación por largo tiempo".

Entre los variados perfiles de la inquieta personalidad de Vassiliev está el de coreógrafo. Icaro, en 1971, fue su primer desafío, y luego vinieron Esos sonidos maravillosos, Fragmentos de una biografía, Macbeth, Aniuta y un par de obras -aún en carpeta- basadas en piezas literarias de Pushkin y Guy de Maupassant. También se abrió camino como régisseur, cuando hace cuatro años montó La traviata de Verdi en el Bolshoi, actividad que piensa retomar en diciembre de este año con Carmen, para el Teatro Nueva Opera de Moscú. Al respecto nos cuenta: "Trabajar con los cantantes es maravilloso. Me gusta la gente con musicalidad, aunque me llama la atención que no sea algo muy común entre ellos. A menudo no sienten la música, sólo la dicen, se interesan en ver cómo funciona su aparato vocal y cuando uno les dice que están cantando mal, no lo creen y no prestan atención."

Durante su estada en Argentina y antes de acudir a los ensayos, se dedica a otra de sus aficiones: la pintura. "La mayoría de las veces trabajo con óleo y pinto paisajes y retratos. Tengo muchos amigos pintores, pero nunca estudié. Los primeros resultados fueron buenos y eso me estimuló para seguir, e incluso se realizó una muestra de mis cuadros en el Bolshoi. También escribo poesías y tengo editado un pequeño libro. Todo esto me alimenta creativamente."

Por último, reflexiona acerca de esta descentralización con respecto al Teatro Colón, que se ha producido con la reapertura del Teatro Argentino de La Plata: "Me parece que es un impulso también para el Colón. Es muy malo cuando hay un sólo teatro, un sólo poder, un sólo actor, un sólo director. La rueda del Teatro Argentino recién comienza a girar y su futuro depende de la forma en que se lo apoye desde la estructura gubernamental. Creo que para el Argentino también es imprescindible tener una escuela propia, para que encuentre su propio estilo; si los chicos trabajan desde pequeños en espectáculos y aprenden de las generaciones anteriores, entonces va a existir un futuro. Espero que así sea, porque de no aparecer otro teatro, el Colón se hubiese encaminado hacia su irremediable declinación."

Vassiliev se siente cómodo en nuestro país. "Siempre me resulta grato llegar donde me aman y donde me esperan, y la Argentina es como un espejo de esto que digo. Ella fue muy buena conmigo y por eso siento mucho amor hacia este país y su gente. Conozco todos los defectos de los latinoamericanos, pero ese amor me hace dejarlos de lado -también siento lo mismo por Italia, el otro país que más amo-. Hacía cinco años que no venía, pero me gustaría regresar antes de morir".