Pocos aspectos marcan tan claramente la inmadurez de una ciudad musical, como la ausencia de una programación sinfónica renovadora y ecléctica. Lamentablemente hubo en años recientes una profunda involución, de la que se exceptúa la Filarmónica de Buenos Aires sólo en 1998, cuando ofreció dieciocho estrenos en veinte conciertos. Pese a sus aciertos parciales, los organismos locales distan de lo ideal, mientras que las orquestas visitantes suelen demostrar un irritante convencionalismo en sus elecciones. Además, estas últimas no son exigidas por los organizadores de las asociaciones locales de conciertos, que raramente evidencian un criterio de apertura. El resultado es que carecemos del fermento espiritual y de la savia estimulante que tuvimos en los años '50 y '60, y que ha declinado desde entonces en todos los órdenes. No bastan los grandes intérpretes, porque éstos sólo existen por las obras que tocan o cantan, y como consecuencia se da una paradoja: lo disponible en CD es mucho mayor que todo cuanto haya habido en la historia, pero nuestro menú en vivo resulta restringido y mezquino. Y en lo que hace a la cultura musical de aquellos que quieren profundizar, ¡qué páramo en las librerías! ¡Qué escasez de libros sobre música! Pero aún más grave: ¡qué ausencia casi total de partituras para orquesta, excepto la línea Dover! ¿Dónde quedaron en el mercado local aquellas pequeñas partituras Eulenburg, que nos acompañaron durante décadas y que, por supuesto, existen en Europa o Estados Unidos? Sólo queda recurrir a Internet y encargárselas a países que cuidan más su cultura.
Coraje intelectual: un ingrediente imprescindible que se echa de menosDefinamos exactamente qué significa una buena programación. No es una sucesión de obras maestras reconocidas, ni al otro extremo, una retahíla inacabable de estrenos que olvidan nuestras raíces. Hay un justo medio entre la tradición y la renovación, y esta última no implica estrenar solamente lo contemporáneo, aunque también deba incluirse. El camino está en seleccionar lo bueno de cada estilo, sin pretender que todo sea genial y sin dejar de lado ninguna escuela. La formula perfecta es: una obra muy conocida, otra conocida a medias y la tercera en calidad de estreno o reposición tras largo tiempo. El equilibrio entre el placer de lo conocido bien hecho y el despertar de la atención y de emociones nuevas, es el objetivo.
No es secreto para nadie que son varias las escuelas modernas no aceptadas por el gusto del público argentino: esto es bastante marcado en casos como el dodecafonismo o escuelas de posguerra, como la polaca, el minimalismo o el dadá conceptual "a la Cage". Pero fueron muchas las músicas rechazadas o mal conocidas que, de a poco, penetraron en la conciencia colectiva. Pensemos en Mahler, Bruckner o Piazzolla, compositores que ahora están plenamente aceptados, pero que hubo que animarse a programarlos cuando muy pocos los conocían. Ese es el coraje intelectual que ahora falta.
Pero tan serio como ese desconocimiento resulta el de escuelas mucho más accesibles, donde se da el fenómeno inverso: un desprecio intelectual surgido del prejuicio ignorante, más que de la evaluación. Son víctimas de esto las magníficas escuelas sinfónicas de los Países Bálticos, Gran Bretaña y Estados Unidos. Hay datos absolutamente condenatorios al respecto: por ejemplo, la Cuarta sinfonía de Sibelius se dio una sola vez en Buenos Aires, pero tiene 25 grabaciones en el catálogo RED de CDs, y han habido unas cuantas más.
No es que estas falencias no se hayan señalado desde columnas críticas. Quien escribe y también Julio Palacio cuando ejercía la crítica, lo hemos hecho desde hace décadas. Cuando tuvimos la oportunidad de actuar al respecto, tratamos de corregir el problema, él en la Sinfónica Nacional y yo en la Filarmónica de Buenos Aires, en 1973 y en cierto grado en 1998; ahora, apoyando a Gerardo Gandini, Director Musical de la segunda, lo estoy intentando con vistas a 2002.
Hay otros ejemplos muy explícitos:
Mi patria, de Smetana, no se repone desde que la estrenó Smetácek en 1965. En 1973, cuando programé la
Tercera sinfonía de Dvorák, no se conocían ninguna de las cuatro primeras. Veintiocho años más tarde seguimos esperando la
Primera, la
Segunda y la C
uarta. Desde que Baudo estrenó en 1973 la versión completa de
Romeo y
Julieta de Berlioz, se aguardó en vano su reposición. Una obra maestra como la Misa Solemne de Beethoven, no se ha repuesto en los últimos quince años, mientras proliferaron las
Novenas; y la misa vale tanto como la sinfonía.
La escasez de coros grandes también determina que los conciertos sinfónico-corales sean escasos y queden ausentes muchas obras de gran importancia. Por sólo citar algunas:
Threni de Stravinsky,
La escalera de Jacob de Schönberg,
Las beatitudes de Franck,
Santa Ludmila de Dvorák, C
hristus de Liszt,
Sancta Civitas de Vaughan Williams.
Por otra parte, los solistas raramente se desvían de los conciertos más trillados, y allí también habría que privilegiar a aquellos intérpretes que estén dispuestos a salirse de la rutina (este año es un buen caso el del pianista Peter Donohe, que estrena el concierto de Busoni para el ciclo de la Filarmónica de Buenos Aires, el 13 de agosto en el Teatro Colón).
Sistema de abonos a miniciclosLos abonos deberían construirse en base a miniciclos que tengan un tema determinado, o conciertos sueltos con "cara" propia. Ejemplos: conciertos dedicados respectivamente a los grupos de los Cinco Rusos, de los Seis Franceses o a la Escuela de Viena; ciclos de música báltica, de las Américas o de Gran Bretaña; integrales de sinfonías de Sibelius, Dvorák o Schubert; panoramas de un autor en particular, con o sin solistas. ¿Se asustaría el público de esto? A juzgar por el concierto de música inglesa, con cinco estrenos, que dio Bedford en 1998, creo que no. ¿Le molesta la renovación? Tampoco, si está bien llevada y aquello de difícil comprensión se presenta con calidad.
Finalmente, para que los abonos sean interesantes se necesita planificar, al menos, con un año de anticipación y tener un adecuado presupuesto, ya que es más caro dar lo nuevo que lo que está en los archivos habituales